Festival de San Sebastián 2022: crítica de «Walk Up», de Hong Sangsoo (Competencia)

Festival de San Sebastián 2022: crítica de «Walk Up», de Hong Sangsoo (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
22 Sep, 2022 06:36 | Sin comentarios

En los distintos pisos de un edificio, un cineasta se va encontrando con mujeres que modifican, mediante sus conversaciones, su perspectiva en la vida.

Se puede construir una historia de vida, casi una filosofía, en cuatro pisos de un pequeño edificio? ¿Se puede pensar que un lugar físico lo es todo y a la vez puede no ser absolutamente nada? En WALK UP, la casi buñueliana película de Hong Sangsoo, casi nadie sale de adentro de un edificio, pero allí se viven una serie de vidas posibles. O ninguna. ¿Son días, meses, años, los que transcurren ahí o tan solo un momento que se vuelve eterno, imaginario, en el multiverso del realizador coreano?

La película empieza en la calle, al borde del edificio en cuestión. Byungsoo, un cineasta (interpretado por Kwon Hae-hyo, cada vez más convertido en alter ego de Hong) y su hija, Jeonsu (Mi-so Park), van a visitar a Miss Kim (Lee Hye-young), una diseñadora de interiores. La idea de Byungsoo es, como en otras películas del realizador, la de hacer una introduction. Esto es: presentarle a Kim a su hija, que desea estudiar Diseño, ya que se trata de una persona que pueda enseñarle o conectarla con ese mundo. En el restaurante que tienen en la planta baja del edificio los tres comen y conversan. Kim admira el cine del director mientras que su hija cuenta que hace cinco años que no veía a su padre. Se bebe –vino en lugar de soju–, se recorre el edificio en cuestión y, en un momento, Byungsoo se va a hacer un trámite y deja a las mujeres solas. Ellas seguirán bebiendo hasta que el vino se acabará y deberán salir, una y después otra, a comprar más alcohol.

Tiempo después –o eso parece porque, al encontrarse Kim y Byungsoo, ninguno parece recordar mucho la visita anterior–, ambos se sientan a comer en el primer piso, donde Sunhee (Song Seonmi) tiene una escuela de cocina en la que atienden solo una mesa por vez. Y ella se sumará a la comida de ambos. Hablarán de qué fue de la vida de Jeonsu (ahí entenderemos, o eso parece, alguna cuestión temporal), se hablará de la pandemia, pero el eje pasará por la conexión que va surgiendo entre el director y Sunhee, quienes se enganchan desde la admiración mutua y, claro, la copiosa ingesta de alcohol.


Para no spoilear lo que sucede después solo diré que habrá otras comidas en otros pisos de ese mismo edificio con algunos de los mismos personajes que vimos hasta ahí (o quizás otros), en momentos que se suponen posteriores al anterior. De alguna manera, ese ascenso entre piso y piso hasta llegar a una terraza en la que hay una mesa afuera, con vista a la ciudad, es el recorrido que se hace a lo largo de la historia y del paso de tiempo indeterminado. Pero cuando uno crea que el asunto está resuelto, que ese viaje hacia arriba ha cumplido su cometido y modificado las vidas de algunos de los personajes involucrados, Hong hará uno de sus pases de magia temporales, o jugarretas del destino, poniendo a todo el material visto hasta el momento entre importantes comillas.

Más allá de esta discretamente ambiciosa estructura espacio-temporal, WALK UP funciona también como otra de esas reflexiones íntimas de Hong en la que el cineasta/alter-ego se ve enfrentado a personajes que lo cuestionan y se cuestionan el rol que tienen en sus vidas. Comparados con los recientes, se trata de un film menos autocrítico y más amable, en el que el protagonista cineasta no revela un lado necesariamente monstruoso, más allá de cierto egoísmo previsible y sus aparentemente pasados conflictos con su paternidad. Las conversaciones tendrán, de hecho, varios momentos en el que las dos mujeres dejarán en claro su admiración por su cine. Y él recibirá gustoso los elogios.

Sunhee le dirá que ve sus películas bebiendo alcohol, un joven que trabaja para Kim (al que le gusta hacerse llamar «Jules») tendrá críticas pero a la vez comprensivas palabras para con ella, Sunhee y Byungsoo conversarán sobre comida, religión y economía, y el realizador comentará los problemas que tiene para viajar a los festivales de cine. Mientras, Kim y Jeonsu van convirtiéndose en figuras más lejanas en el panorama. Sin modificación alguna en el aspecto de los personajes, adentro de ese edificio –que de fantasmagórico no tiene nada– parecerá pasar mucho tiempo, modificando las relaciones de los personajes cada vez que nos los reencontramos, elipsis mediante, cierto tiempo después.

WALK UP podría resumir en esos 97 minutos un posible recorrido de una vida entera a través de cuatro conversaciones y cuatro charlas, comida y bebida mediante, del director con un grupo de mujeres. Del primer contacto de exploración hasta el potencial romance para luego ir a la estabilidad, a una crisis y a una posible resolución. Todo está ahí, como posibilidad, sueño o pesadilla. «Tuve una sueño en el que me encontraba con Dios y me decía que tengo que irme a la isla de Jeju y filmar doce películas», dice Sangsoo (perdón Byungsoo) en un momento. La isla brilla por su ausencia, por ahora, pero quizás esta película forme parte de esa extraña penitencia de 12 pasos que parece estar atravesando este extraordinario realizador para pedir disculpas. El sabrá por qué lo hace…