Festivales: crítica de «Alcarràs», de Carla Simón

Festivales: crítica de «Alcarràs», de Carla Simón

por - cine, Críticas, Festivales
07 Sep, 2022 11:32 | 1 comentario

Premiada con el Oso de Oro en la Berlinale 2022, la segunda película de la realizadora de «Verano 1993» se centra en una familia de agricultores catalanes cuya forma de vida se ve amenazada.

Ganadora del Oso de Oro del Festival de Berlín, ALCARRÀS es un retrato familiar, de un modo de vida –rural, comunitario– y de un tipo de trabajo que parece estar al borde de la desaparición. En su afectuosa y precisa descripción de la cotidianeidad de una familia extendida que, en buena medida, vive y trabaja en el cultivo de los duraznos («melocotones», en España), Carla Simón mezcla recuerdo, observación y denuncia tratando siempre de utilizar su cámara en función de las perspectivas y vivencias de cada uno de sus personajes.

Con una serie de referencias visuales y un modelo narrativo que hace recordar a muchos otros films de observación sobre la vida familiar en un ambiente rural y más precisamente durante un verano –hay decenas de modelos «mediterráneos» al respecto, tanto españoles como italianos o franceses, pero es imposible no pensar en LA CIENAGA, de Lucrecia Martel, mientras se la mira–, la directora de VERANO 1993 va construyendo de a poco su universo de abuelos, padres, madres, tíos, primos y hermanos que protagonizan la película, sin privilegiar un punto de vista único sino yendo y viniendo entre varios. De todos modos son las mujeres de la familia –las niñas, especialmente– las que parecen reflejar de algún modo la mirada de la directora.

Mariona (Xénia Roset) es una preadolescente que mira lo que sucede alrededor suyo con una comprensión novedosa, que la pone a mitad de camino entre la despreocupación de los niños más pequeños (que circulan por el caserón y sus alrededores en plan entusiasta caos) y de los adultos, a los que se ve metidos en dificultades que ella está empezando recién ahora a entender. En algún punto, de todos los recorridos que hay en la película, el coming of age de Mariona será uno de los ejes narrativos más evidentes, el que organiza los hechos que se relatan.


Los problemas que tienen preocupados a los adultos de la familia Solé –especialmente al papá de Mariona, Quimet, que vive en un estado de stress permanente– tienen que ver con la propiedad de la tierra en la que trabajan, que fueron cedidas hace generaciones a su familia por los Pinyol, los dueños de ese campo, pero no hay ningún documento o contrato que de testimonio de esa cesión, con excepción de la casa, que sí es de ellos. «Antes esas cosas se acordaban con un apretón de manos», dice el abuelo Rogelio (Josep Abad) mientras busca infructuosamente algún papel que acredite sus derechos sobre esa tierra sin encontrar nada. Al fin del verano, dicen, habrá que irse. O adaptarse a trabajar de otra cosa.

El conflicto se vuelve urgente ya que el joven heredero Pinyol, que vive en la ciudad y tiene un estilo de vida muy alejado de lo rural, quiere ahora abandonar el cultivo de duraznos y usar esa tierra para poner paneles solares, algo que ya está haciendo en zonas aledañas y que la película muestra casi como si fuera una lenta invasión alienígena que se acerca cada vez más a la casa. La decisión de Simón de mostrar siempre de lejos a ese «enemigo» –tanto el tal Pinyol como los que trabajan con y para él, salvo alguna excepción– es muy representativa del modo elegido para contar su historia.

ALCARRÀS (es el nombre de la pequeña ciudad, ubicada a unas horas de Barcelona) pone en marcha ya desde la primera escena esa amenaza y también el modo lateral de narrarla. Es a través de los chicos, que juegan metiéndose en un auto o subiéndose a las cuchillas de una topadora, que nos vamos enterando que hay gente allí excavando y trabajando. El ojo de Simón estará casi siempre ligado a ese tipo de experiencias cotidianas. Buena parte de la película se centra en las correrías, juegos y hasta shows familiares que hacen los más pequeños –la simpática Iris (Ainet Jounou) y sus dos primos mellizos, Pere y Pau, que se visten con la misma ropa siempre– y en los ensayos de Mariona para participar, junto a un grupo de amigas, de una fiesta del pueblo con una coreografía.

Está también Roger (Albert Bosch), su hermano, que lidia con sus experiencias más clásicamente adolescentes y que fluctúa entre la comprensión del problema, las previsibles tensiones con su padre y la buena relación que tiene con su tío. En tanto, su madre Dolors (Anna Otin), intenta ser el clásico sostén que trata de mantener cierta calma dentro de una familia cuyo día a día se empieza a tensionar, especialmente por las maneras cada vez más bruscas de Quimet (Jordi Pujol Dolcet, muy parecido a Sergi López) de lidiar con lo que le sucede. El grupo se completa con los abuelos, que hacen lo posible para que no se note su desasosiego, y una serie de tíos y primos que entran en conflicto con Quimet en función del futuro, de los planes y los problemas de luchar contra eso que llaman «un cambio de época», o de paradigma cultural.

ALCARRÀS no es una película de discursos y –salvo por algún momento, más cercano al final– no necesita subrayar ni explicar demasiado qué es lo que está sucediendo y cuáles son sus implicancias políticas y económicas en el pueblo. Es obvio y evidente a la vista de todos. Es que, más allá de los detalles específicos del caso, lo que está bajo amenaza es un estilo de vida tradicional, con sus ritos, tradiciones y costumbres, uno que ha estado en la familia Solé por generaciones. Al contar con actores no profesionales en todos los roles, Simón no hace más que acrecentar esa sensación de verdad que atraviesa la película.

La realizadora tampoco intenta necesariamente «celebrar» sin ambages ese modelo, que tiene algunos hábitos un tanto discutibles –es interesante que la disputa sea entre una familia de agricultores y una empresa que se dedica a la energía solar y no alguna típica planta industrial– pero es inevitable que se sienta como el fin de una época, para los que vivieron toda su vida de ese modo y para los que, como Mariona y los más pequeños, están creciendo en la campiña, recogiendo frutas, preparando jaleas y usando ese amplio terreno como el literal patio de su casa.

Simón pondrá su cámara cerca de sus personajes y los seguirá en sus movimientos. La coreografía física y la cacofonía verbal de ALCARRÀS son de pura cepa «marteliana», al punto que es común ver a varios chicos y adultos tirados en una misma cama, niñas disfrazadas cantando frente un espejo, la infaltable piscina un tanto sucia, la comida familiar que se vuelve tensa y una docena de personajes cuyas relaciones uno va adivinando de a poco. Quizás, para un espectador argentino, el parecido con LA CIENAGA –más formal que temático, ya que aquí la búsqueda es más social, el descubrimiento de la sexualidad está muy en segundo plano y las familias son un tanto menos disfuncionales– pueda ser llamativo, pero también es una marca de la indiscutible influencia del cine de Martel en general y de esa película en particular.

Promediando la película hay una escena clave para entender las sensaciones de los personajes y los lazos con la tierra en la que viven. En una comida familiar un tanto tensa en la que participan todos los primos y los tíos del clan Solé, la pequeña Iris le dedicará a su abuelo una cançó de pandero –un tipo de canción improvisada, típica de los trabajadores de esa zona de Catalunya– que Rogelio cantará con ella mientras el resto de los familiares se suma o se calla, muchos de ellos visiblemente emocionados. Ese lazo, que emocionará seguramente también a los espectadores, es el que va camino a romperse en esta película que pone en conflicto, desde lo humano, ciertas ideas acerca del progreso.