Estrenos online: crítica de «Sueños de trenes» («Train Dreams»), de Clint Bentley (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Sueños de trenes» («Train Dreams»), de Clint Bentley (Netflix)

por - cine, Críticas, Estrenos, Online, Streaming
21 Nov, 2025 11:13 | comentarios

Este drama lírico y contenido se centra en un trabajador cuya vida cambia para siempre tras una tragedia, en medio de la transformación industrial de comienzos del siglo XX.

Como una balada folk de Bob Dylan llevada al cine o una de esas historias trágicas que Nick Cave cuenta en sus canciones más tristes, TRAIN DREAMS es una saga centrada en la vida de un hombre solitario en el contexto de un mundo cambiante, un recorrido melancólico aunque intenso acerca de toda esa gente que el tiempo olvidó. El relato del novelista Denis Johnson en el que la película se basa avanza con esa mezcla de realismo y misticismo fronterizo que recorre los westerns modernos, esos que transcurren en territorios liminales, eso que existe entre lo que fue y lo que alguna vez será. Es una tragedia íntima y a la vez un cuento silencioso de hombres olvidados que parecen fundirse, como las botas clavadas en los árboles de aquellos que mueren en la faena, en el universo que los vio nacer, crecer y morir.

Robert Grainier (Joel Edgerton) es un hombre más en este cuento fronterizo que transcurre en el noroeste de los Estados Unidos, en el llamado «Mango de Idaho» y alrededores, a principios del siglo XX. Solitario y taciturno, trabaja principalmente como leñador, viajando por lugares y en temporadas en las que su mano de obra se precisa, siendo testigo y compañero de otras vidas obreras y sacrificadas que lo rodean: inmigrantes, indígenas, gente de distintos estados y costumbres que, muchas veces en silencio y otras contando sus historias, se reúnen para trabajar. No siempre todo es amable ni solidario –a veces hay hechos crueles de racismo, otras algunos arranques de violencia–, pero lo que se va formando en la conciencia de Robert es algo así como un mapa humano de su región.

ALERTA DE SPOILER La vida de Robert pega un fuerte vuelco cuando conoce a Gladys (Felicity Jones), una mujer joven de la que se enamora y con la que se van a vivir juntos a la vera de un río, construyendo una cabaña con sus propias manos. Allí parece encontrar un refugio y algo parecido a la felicidad, con una vida que consiste en pasar semanas o meses trabajando lejos para volver y pasar otro tiempo en esa especie de paraíso sobre la Tierra. Tendrán una niña, Kate, a la que irán viendo crecer mientras el siglo avanza, pasa la guerra y los trabajos cambian. Un día la tragedia tocará cerca y todo cambiará en la vida de Robert. Y la película, hasta entonces un retrato entre folclórico y campestre que bien podría haber filmado Kelly Reichardt o el Terrence Malick de la vieja época, se oscurece, se vuelve más densa y dramática, se tiñe de la angustia y la creciente soledad de su protagonista.

TRAIN DREAMS establece un diálogo bastante directo con las obsesiones que recorren la obra de Denis Johnson. Si bien transcurre en gran parte hace un siglo, como en JESUS’ SON o TREE OF SMOKE, su protagonista es un hombre común que se ha desplazado, por voluntad propia pero también por las circunstancias que lo atraviesan, hacia los márgenes tanto de la sociedad como de la historia que esa sociedad cuenta acerca de sí misma. No es, estrictamente, un héroe olvidado sino un trabajador solitario al que la naturaleza le dio y le quitó también todo.

A lo largo del film, la relación del hombre y el medio ambiente se vuelve central. Robert corta árboles para vivir (en ese sentido, podría ser una versión cinematográficamente idealizada del protagonista de LA LIBERTAD, de Lisandro Alonso) y a veces trabaja en la construcción del ferrocarril, aunque odia el clima que se vive allí. Más de una vez él y algún compañero –como el gran William H. Macy que encarna a un experto en explosivos que suele trabajar con él en los bosques y al que le gusta contar historias y tiene una opinión sobre todo– hablan sobre el daño que su labor le causa a la naturaleza. La película no las conecta verbalmente, pero hay una trágica ironía en lo que termina sucediendo en la vida del protagonista, una impensada conexión entre lo personal y lo territorial, entre los avances de la industria y la tierra que los tolera y quizás hasta expulsa.

La primera mitad de la película es la mejor, la más poética y si se quiere romántica, un retrato casi amable acerca de la vida de un hombre común. Más allá de vivir en un paraje de ensueño, Robert trabaja duro, conoce gente curiosa, vive experiencias de todo tipo –algunas simpáticas, otras terribles– y parece encontrar un espacio de serena felicidad en el hogar. Si uno leyó alguna vez algo de Johnson sabe que eso no durará para siempre. Luego de esos hechos, SUEÑO DE TRENES no pierde ni la serenidad ni la melancolía, pero se vuelve más densa, densidad que Bentley tiende a cubrir por momentos con escenas oníricas o un cierto regodeo en las imágenes más oscuras y pesadillescas. De todos modos, la emoción que gana es la de la tristeza, la soledad y la impresión de que Robert, como tantos otros, va siendo tragado por la historia, convertido en un fantasma de sí mismo.

Más allá de esos puntuales coqueteos con el clip onírico musicalizado, la película del coguionista de LAS VIDAS DE SING SING y director de la igualmente melancólica JOCKEY conmueve a partir de su retrato de la inmensa soledad de su protagonista, magníficamente interpretado por Edgerton, diciendo pocas palabras y actuando más con el rostro (y la barba) que otra cosa. Bentley se apoya mucho en la narración en off de Will Patton (narrador del audiolibro de TRAIN DREAMS también y un actor que bien podría haber hecho este mismo rol unas décadas atrás), que va tejiendo la historia sin ocultar su tono literario, la fotografía de espíritu tarkovskiano de Adolpho Veloso y la música de Bryce Dessner, uno de los miembros de The National y ya experimentado compositor de bandas sonoras. La canción de Nick Cave que se escucha en los créditos, también por obvias conexiones con la vida real, genera un inevitable nudo en la garganta.

Estrenada en el Festival de Sundance, multinominada a los premios Gotham, TRAIN DREAMS bien puede ser esa película pequeña, «tapada», que tiende a colarse inesperadamente en las listas de las mejores del año y quizás hasta en los Oscars. No es eso, de todos modos, lo que busca, sino contar historias de su país sin caer de modo exagerado en la excepcionalidad de sus hechos o personajes. El de Robert Grainier es un recorrido silencioso y en los márgenes, doloroso hasta la médula pero que no se asume más importante o interesante que cualquier otra historia de vida que se cruza por su camino. Sin embargo, en silencio, su pequeña historia termina siendo parte del todo. «En el bosque hasta lo más pequeño es importante –le dirá alguien a Robert más tarde que temprano–. Todo está interconectado y uno no sabe cuando algo se termina y otra cosa empieza. Un árbol muerto es tan importante como un árbol vivo. Supongo que debe haber algo para aprender de todo eso».