Estrenos: crítica de «Marty Supremo» («Marty Supreme»), de Josh Safdie

Estrenos: crítica de «Marty Supremo» («Marty Supreme»), de Josh Safdie

por - cine, Críticas, Estrenos
09 Ene, 2026 09:06 | comentarios

Ambientada en el vibrante mundo del tenis de mesa de los años ’50, el film sigue a un joven soñador decidido a ganarse el respeto en un deporte que nadie toma en serio. Con Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow y Odessa A’zion. Estreno: 15 de enero.

El ping-pong es un deporte curioso y fascinante a la vez. Para el común de los mortales se trata de un entretenimiento simple, pasajero, que no demanda una gran obsesión o trabajo: consiste en pasar la pelotita del otro lado de la red y listo. Con los profesionales, es otra historia. Casi, otro deporte. Uno lleno de trucos, mañas, efectos y detalles que pasan por completo de largo a la mayoría de los que lo toman como un simple pasatiempo. Para Marty Mauser el ping-pong es un deporte que maneja mejor que muchos, una manera (potencial) de ganarse el sustento y también puede ser, extrapolando, una metáfora acerca de cómo enfrentar la vida. A su manera, Marty ve su futuro y se ve a sí mismo como alguien que tiene que doblegar a los demás «tirándoles la pelota», sacándosela de encima y venciéndolos mediante engaños, trucos, persistencia y talento. Si una mesa de ping-pong es el mundo y la forma de jugarlo una filosofía de vida, Marty gana por determinación, energía y una fe inquebrantable en su capacidad de salirse siempre con la suya.

Marty Supreme tiene, además, el ritmo y la velocidad de una pelotita de ping-pong que va y viene de un lado a otro de la mesa en cuestión. Más de una vez los espectadores se verán a sí mismos siguiendo las andanzas y corridas de Marty como si estuvieran hipnotizados por esa bola que viaja de acá para allá sin frenarse nunca. En ese sentido, la película (o Josh Safdie) tiene la misma auto-confianza que su protagonista y se expresa con similares gestos técnicos: lo suyo es ganar por saturación, abrumando al rival, dejándolo siempre contra las cuerdas. Si buscamos más paralelos, Marty Supreme –y no solo por el parecido entre ambos nombres– puede ser una versión judaica de Toro salvaje, de Martin Scorsese, el épico viaje de redención y superación personal de una estrella deportiva que no tiene mucha idea de cómo manejarse en la vida.

Como lo viene haciendo a lo largo de las películas que codirigió con su hermano Benny –en especial, Diamantes en bruto, pero también Good Time, entre otras–, Josh Safdie profesa la idea del cine como una experiencia kinética pura y dura, un movimiento continuo que raramente para y que tiende a llevarse todo por delante: la reflexión, el análisis, la mesura. Sus personajes atraviesan situaciones extremas y las resuelven como pueden, muchas veces equivocándose en el camino y ganando enemigos por doquier. Marty es la culminación de todos esos Correcaminos. Y la película que lo tiene como protagonista funciona en más de una ocasión como un dibujo animado, un Looney Tunes para adultos que transcurre en el Lower East Side de Manhattan en 1952 y que de allí se va de viaje «al infinito y más allá». Todo, además, a la velocidad de la luz y con un sinfín de peripecias en el medio.

Marty Mauser (un excelente Timothée Chalamet) es, obviamente, un buen vendedor, pero no quiere seguir trabajando en el negocio de zapatos de su tío ubicado en pleno barrio judío de Nueva York. Quiere que le den su salario, pagar su pasaje de avión y viajar a Londres a competir en el Abierto Británico de tenis de mesa. Y si la plata no aparece, habrá que robarla. En el medio, un affaire casual pero sostenido con Rachel (Odessa A’zion, de I Love LA), una amiga de la infancia que está casada, terminará con una sorpresita de la que se enterará tiempo después. En el caos familiar que provoca a su paso, Marty terminará en Londres, en el soñado torneo. En el interín, conseguirá a fuerza de carisma e insistencia depositar sus huesos en el Hotel Ritz de esa ciudad, donde conocerá a una veterana y retirada actriz, Kay Stone (Gwyneth Paltrow), con la que tendrá otra historia, sin importarle que sea la esposa de Milton Rockwell (Kevin O’Leary), un poderoso empresario.

En Londres Marty gana varios partidos, pero pierde en la final con un japonés, se mete en problemas por su reacción al perder y termina viajando por el mundo entreteniendo al público en los entretiempos de los partidos de los Harlem Globetrotters, algo que jamás pensó hacer. Pero Marty quiere su revancha y, sin dinero para pagar el pasaje al próximo abierto de Tokio ni la sanción que le aplicó la federación, tratará de encontrar el modo de conseguirlo. Y esa búsqueda entre enloquecida, desesperada y, sobre todo, caótica, ocupa el grueso de los casi 150 acelerados minutos que dura Marty Supremo: la epopeya de un hombre por demostrarle al mundo de que, al menos en una cosa, es el mejor de todos.

La búsqueda de esos dólares será la excusa para una serie de desventuras que se suceden con una lógica de comic book, una cadena de enredados despistes y violentos accidentes que lo mezclarán con mafiosos enojados (Abel Ferrara), perros perdidos, timos de salón (Marty se hace pasar como alguien que no sabe jugar el ping-pong y en el momento en el que más plata apostada en su contra hay, termina ganando) y con personas más cercanas –como Kay, su marido, su tío, su primo, su mejor amigo (Tyler «The Creator» Okonma), su madre (Fran «The Nanny» Drescher) y, más que nada, la embarazada Rachel y su celoso marido– que tienen que lidiar con sus constantes trucos, trampas y mentiras que disfraza con su particular y hasta cierto punto convincente entusiasmo.

Y esa serie de desventuras será, a su vez, una excusa para reencontrarse con una Nueva York de los ’50 como pocas veces se vio en el cine. Tanto en el casting –las caras que pululan en el film son todas impagables– como en la recreación de la época –cortesía del mítico diseñador de producción Jack Fisk–, Marty Supreme logrará llevar al espectador a un viaje al pasado, una cápsula temporal que tendrá desvíos internacionales (sus aventuras lo llevarán por todo el mundo) pero que se apoyará más que nada en los barrios entonces marginales de Nueva York y Nueva Jersey. Para que esa constante aceleración no resulte agotadora y pueda ser disfrutada visual y auditivamente, Safdie se rodeó también del gran DF Darius Khondji, del músico Daniel Lopatin (y de una efectiva aunque curiosa banda sonora de éxitos de los ’80 de Tears for Fears, Alphaville, New Order y PiL, entre otros) y de su habitual colaborador Ronald Bronstein, que le hace la segunda en la edición, en el guión y hasta en la producción.

En su movimiento constante Marty Supreme parece sumarse a una línea de películas recientes como Anora o Una batalla tras otra que hacen de la scorseseana agilidad narrativa una religión. Ni Marty ni Safdie paran nunca en sus paralelos objetivos y la película avanza con la velocidad de un tren bala. El problema principal del film pasa, como es habitual en el cine de los hermanos, por su falta de pausa, de cadencia, de reflexión. Una escena se come a la anterior como si no hubiera existido o como si los hechos no tuvieran consecuencias. Y en ese fervor kinético lo que queda a veces afuera son las sutilezas. ¿De qué trata, finalmente, la película? ¿Qué lleva a Marty a actuar como actúa? Safdie prefiere no decirlo ni encorsetar la historia con una explicación ad hoc. Y si bien se trata de una decisión valiosa, a la vez puede producir en el espectador la sensación de no tener mucha idea qué sentido tiene toda esta epopeya por fuera del impactante estrés creativo que le produce.

Hay algo circense en la poética de los Safdie, más de Josh que de Benny, su hermano menor, que dirigió este año por sí solo La máquina, una película similar en temática (sigue también la complicada vida de un llamativo deportista) pero muy diferente en tono y ritmo. Marty Supreme es un homenaje crítico, pero homenaje al fin, a ese tipo de vidas libres, excéntricas y aventureras –hay algo en Marty del Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, de JD Salinger– que no ceden ante contratiempo alguno, espíritus libres que prefieren no crecer y que se llevan todo por delante sin pensar en las consecuencias. Sobre el final, el obsesivo, encantador pero a la vez irritante Marty tendrá que verse en el espejo –o, al menos, en la versión suya que hay del otro lado de un vidrio– para darse cuenta de que quizás sea tiempo de parar la pelotita y pensar cómo se sigue jugando a este otro juego.