Berlinale 2026: crítica de «Saccharine», de Natalie Erika James (Special Midnight)

Berlinale 2026: crítica de «Saccharine», de Natalie Erika James (Special Midnight)

por - cine, Críticas, Festivales
17 Feb, 2026 08:28 | Sin comentarios

Una joven toma una píldora milagrosa para adelgazar que le permite comer lo que quiera, hasta que su cuerpo en constante reducción empieza a revelar una transformación mucho más perturbadora bajo la superficie.

Con tres largos en su haber, la realizadora australiano-japonesa de Relic y Apartment 7A ya es una experimentada directora de cine de terror. Sus tres films son, en más de un sentido, dramas familiares revestidos de una capa de horror físico y psicológico. Y Saccharine no le escapa a ese modo de filmar. De todos ellos, por la lógica de su trama, es el que más se acerca al body horror: se trata de una película donde lo más impactante y en algunos casos espantoso es el cuerpo humano y todo lo que ingiere.

Sacarina se suma a esta tendencia iniciada con La sustancia de usar el horror físico para hablar de la obsesión por el cuidado del cuerpo y que actualmente puede verse también en la serie The Beauty. En todas, el terror aparece cuando hombres y mujeres se desesperan por lucir jóvenes, físicamente perfectos y preferentemente en poco tiempo, suponiendo que puede ser un proceso sin complicaciones, una especie de droga mágica e inmediata. Pero no funciona así. Y lo que sucede por esa obsesión no es solo mortal, sino potencialmente muy deformante.

Midori Francis interpreta a Hana, una chica que se autopercibe obesa (no lo es) y se la pasa viendo videos absurdos en TikTok para bajar de peso. Pero más que los videos, su obsesión se llama Alanya (Madeleine Madden), una entrenadora del gimnasio al que va y de la que está perdidamente enamorada: bella, perfecta, impecable. Y quiere lucir como ella para poder conquistarla o, al menos, para que le preste atención. De hecho, se anota con ella en un entrenamiento intensivo de doce semanas pensando que así podrá tener la figura perfecta. Pero no le alcanza porque, además, le gusta mucho la comida basura.

El milagro aparece cuando una noche, en un bar, se topa con una vieja compañera de la universidad a la que no reconoce. La chica ha perdido muchísimo peso y no solo le cuenta las pastillas que ha usado para lograrlo sino que le convida algunas. Le asegura que tomando una por día puede comer lo que quiera que sí o sí bajará de peso. Y lo curioso es que es cierto: Hana empieza a adelgazar súbitamente, coma lo que coma. Pero la chica, que estudia medicina y trabaja todo el tiempo desmembrando cadáveres, sospecha que hay algo raro en ese producto y se pone a investigar la fórmula. Cuando descubre qué es, se da cuenta que en lugar de pagar las enormes cifras que le piden, puede «producirla» ella misma con materiales que tiene a mano.

Saccharine contará lo que pasa con Hana de ahí en adelante, ya que sus «logros» en cuanto a la reducción de peso vienen acompañados de preocupación por parte de su madre, sus amigas y hasta la propia Alanya, que duda que ese enorme cambio sea el resultado del entrenamiento. Pero Hana le asegura a todos que está bien, cuando es claro que hay algo raro en esas comilonas subrepticias que no le agregan ni un gramo a su anatomía. Y ese «algo» no es necesariamente químico/medicinal, sino una cuestión un poco más compleja, enrarecida, que tiene una explicación más o menos plausible pero también otra que se conecta con problemas y asuntos personales (y familiares) de la chica.

Con algo de primal y de fantasmal a la vez, Sacarina no pone las fichas en los sustos o los golpes de efecto sino más bien en el asco o el gore que genera lo que ella hace para conseguir las píldoras, la manera bestial en la que come y los planos detalle que James le dedica a sus comilonas y otras actividades que desarrolla en su particular manera de «adelgazar comiendo». La realizadora australiana se ocupa en detalle de los reflejos, de las deformaciones de la percepción y de esa zona en la que la sexualidad y la gastronomía parecen cruzarse. Hana es voraz en más de un sentido. Y esa voracidad termina jugándole en contra de maneras impensadas.

Saccharine se vuelve, con el correr de los minutos, un poco reiterativa. Y la lógica fantasmal de su trama es en extremo caprichosa, a tal punto metafórica que es difícil tomársela en serio como una amenaza real. No se trata de un drama médico como los antes citados –la droga es una rareza, eso es cierto, pero el eje no pasa por ahí– sino uno que conecta más a la obsesión por la belleza con la muerte y con el decaimiento físico. En las investigaciones que Hana y sus colegas hacen con los cuerpos humanos –varios de ellos obesos– queda en claro que entre lo que se ve de la piel para afuera y lo que hay adentro existe una distancia enorme. Y no hay pases mágicos que puedan hacerla desaparecer.