BAFICI 2026: 06 críticas de la Competencia Argentina

BAFICI 2026: 06 críticas de la Competencia Argentina

por - cine, Críticas, Festivales
25 Abr, 2026 07:14 | Sin comentarios

Acá comienzo con las críticas de la competencia argentina del festival porteño, que incluye largos y cortometrajes. Con el correr de los días irán apareciendo las reseñas de otros films.

Plata o mierda, de Toia Bonino y Marcos Joubert. Una colaboración entre el «adentro» y el «afuera» de una cárcel, el nuevo documental codirigido por la realizadora de Orione se construye a partir de los materiales filmados por Joubert a lo largo de los años que lleva en prisión y en los que no solo muestra la vida cotidiana dentro del lugar –más que nada, adentro de las distintas celdas– sino que también comenta sus sensaciones estando allí. Más que anecdótico o puntual, el relato del protagonista va dando cuenta de la creciente angustia de pasar años en ese difícil lugar.

Joubert aparece poco en el film y sus imágenes se ocupan más que nada de retratar los ambientes y las personas con las que convive, desde las situaciones cotidianas (hacer gimnasia con improvisadas pesas, preparar bebidas o comidas, cortarse el pelo) hasta algunas más dramáticas, que incluyen momentos de tensión y la propia situación procesal del protagonista. Pero hay otro campo, acaso el más interesante del film, que se acerca a lo experimental, ya que Joubert recibe algún tipo de manual de cine de parte de Bonino y empieza a probar distintos ángulos de cámara y composiciones entre curiosas y elegantes para mostrar el lugar en el que vive, consiguiendo algunas imágenes notables.

Otro eje central a Plata o mierda pasa por las conversaciones y discusiones de Joubert con Bonino, ya que muchas veces él está angustiado y dice sentirse presionado por su codirectora para seguir filmando cuando no tiene ganas de hacerlo. Y esa sensación casi de depresión es central a todo el film: la ex que no quiere verlo, el hijo al que no ve, los miedos, la fragilidad sanitaria (parte del film es en pandemia) y, más que nada, la sensación de que la vida se le va pasando y él no logra encontrar una salida –ni legal ni emocional– a ese círculo en el que está metido. De todos los relatos carcelarios que se han visto en el cine argentino reciente, el de Bonino y Joubert es uno de los más angustiantes.


La hora de irse, de Renzo Cozza. De reciente paso por el Festival de Berlín, el nuevo corto del actor/director tiene como protagonista a Martín Shanly (también actor y director) como Patricio, un tímido y nervioso joven gay al que, apenas conocemos, vemos teniendo una cita en la casa de otro chico. La noche avanza por carriles previsibles –Patricio cuenta que trabaja para sus hermanas y que no le gusta mucho ese trabajo, el chico prepara algo de beber; tienen sexo– hasta que sucede algo que trastoca todo, pero de una manera completamente impensada, llevando lo que parecía ser una comedia dramática hacia un territorio más propio del género de terror, solo que de una manera inusual.

Cozza va llevando con sutileza su breve, enrarecido y por momentos cómico relato hacia un desenlace tierno y emotivo, en el que las sensaciones de Patricio –cuyas salidas y conquistas nocturnas se han vuelto un compromiso laboral que le resulta un tanto angustiante– van atravesando distintos estados. En ese deambular, una segunda cita altera la lógica de su vida y el tono de un corto, que pasa de ser una comedia negra provocadora a una bella y triste película romántica.

Con actuaciones de Julian Larquier Tellarini y Paula Grinszpan, entre otros, La hora de irse se mete en la cabeza de Patricio, enredado en una situación compleja de la que parece no encontrar una salida. De una manera tan llena de sorpresas como sensible, Cozza y Shanly logran transmitir las sensaciones, frustraciones y revelaciones de su angustiado protagonista hasta llegar a una resolución perfecta que incluye un tema de los Beach Boys y uno de los más melancólicos amaneceres porteños imaginables.


Los nadadores, de Sol Iglesias SK


No matar, de Juan Villegas


Gente de la ruta, de Lucas Koziarski. La llegada de las autoridades al micro que lleva a Gladys a Oberá, Misiones, en el noreste –no en el norte, como dice el catálogo del festival– argentino, asustan a la mujer, que viaja con sus hijos. No sabemos qué le produce ese miedo pero pronto podemos intuirlo. Está escapando de algo y ese «algo» podría entrar en la amplia definición de violencia de género. Una vez allí se refugiará en un amplio grupo familiar y de amistades en el que se combinarán buenos y malos momentos, alegrías y tensiones, cotidianeidades varias. Pero, a la vez, la sensación de que nada ha cambiado del todo y que ese fantasma de la violencia masculina existe allí de un modo muy similar.

Habiendo trabajado con Clarisa Navas en Las mil y una, que transcurre en una zona parecida y también en las clases populares, Koziarski se maneja con comodidad en ese día a día pueblerino, de grupos numerosos, poblado de mujeres, niños, conversaciones, chismes y tensiones barriales. Si bien el elenco de actores no profesionales en algunos casos pierde la pelea contra sus diálogos, el film fluye tratando de ver si Gladys y sus hijos pueden encontrar un refugio seguro en esos «parientes del corazón» o si las amenazas, viejas o nuevas, persisten.

Gente de la ruta no encuentra, necesariamente, en Oberá, un cálido escenario de sororidad y compasión para Gladys. Los problemas están ahí, vienen con ella, se suman algunos nuevos y se agrega algo que organiza todo el difuso relato de sus días: su paranoia, sus miedos, su trauma. Se trata de un mundo barrial y tranquilo en apariencia pero cargado de tensiones en el que la protagonista no logra del todo hacer pie. Ese fantasma vive adentro suyo y está presente afuera también. Y acaso no quedará otra opción que seguir huyendo de él. O enfrentarlo como se pueda.


In the sentimental lugo, de Lucía Seles. La particular cineasta continúa sus andadas en España, más precisamente en Lugo, Galicia, donde un buen número de los García Pelayo –Gonzalo, el productor del film y diversos familiares–, más algunos de los actores regulares del Clan Seles viajan con la supuesta misión de estar en la presentación de un libro del artista Toto Estirado y viven una serie de desencuentros, malos entendidos, conflictos familiares y paseos por confiterías, canchas de básquetbol, estaciones de autobuses y otros lugares urbanos de esa ciudad gallega.

La serie de desencuentros, peleas y diálogos se mezclan con los habituales textos que Seles pone en pantalla (en su curioso spanglish) para ir trazando una suerte de conexión entre Lugo y La Plata, el lugar al que los protagonistas, de origen español, llaman casa. Mezclando términos «argentinos» (campera, confitería, básquet en lugar de chaqueta, cafetería y baloncesto, por citar solo algunas) con expresiones más castizas, utilizando algunos de los recursos dialoguísticos a esta altura ya clásicos en el cine de Seles (el uso repetido del 0 antes de cualquier número, la reiteración de palabras y así), in the sentimental lugo es más «prolija» formalmente que anteriores films de la realizadorx de Smog en tu corazón y maneja, como en sus otras películas, una rara mezcla de tensión y amabilidad, de agresión y cariño, de absurdo y cariñosa sensibilidad.

Sus 140 minutos pueden ser excesivos y la segunda mitad del film –luego del fallido «evento» en cuestión– empieza a volverse reiterativo, pero eso es algo intrínseco al cine de Lucía y no sería lo que es sin esa disonante inconsistencia que lo caracteriza. Salir de Buenos Aires o de La Plata le da, eso sí, un color nuevo a su filmografía, uno que vale la pena seguir explorando. Y si bien no es tan simpáticamente psiquiátrico como el elenco habitual de las películas de Seles (no están en este film Laura Nevole, Ignacio Sánchez Mestre, Pablo Ragoni, ni Martín Aletta, aunque sí aparecen Gabriela Ditisheim y Lara Sol), el Clan García Pelayo tiene una personalísima química familiar que vale la pena ver para creer. Así como hicieron saltar los casinos de toda Europa, están tratando de hacer lo propio con el cine argentino.