Estrenos online: crítica de «Borderline», de Jimmy Warden (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Borderline», de Jimmy Warden (Netflix)

por - Críticas
04 May, 2026 12:07 | Sin comentarios

Tras escapar de una institución psiquiátrica, un obsesivo reúne a un grupo de seguidores para invadir la mansión de una estrella y celebrar su boda delirante. Con Samara Weaving y Ray Nicholson. Disponible en Netflix.

El cine de horror está últimamente tan codificado y estructurado que cuando aparece una película que se despega de las normas uno no puede menos que agradecerlo. Borderline es fallida, tira mil ideas por minuto y la mitad no funcionan, pero tiene la distinción de no parecerse a casi nada. A lo sumo, a otras películas escritas por su director, Jimmy Warden, responsable del guión de otra bizarreada como fue Cocaine Bear. Sin llegar a esos extremos, esta comedia de terror se plantea como un lúdico ejercicio en humor negro para tratar un tema que habitualmente se conversa en tonos mucho más graves: el fenómeno de los stalkers de famosos.

Antes de entrar en lo que pasa en el film en sí, llama la atención la cantidad de conexiones familiares que existen en la propuesta. Warden es el marido de Samara Weaving, la protagonista del film, y Margot Robbie —amiga de la pareja y muy parecida a la actriz de Ready or Not en la vida real— es su productora ejecutiva. Pero será otra conexión la más impactante. El coprotagonista del film, el stalker obsesionado con la estrella pop que encarna Weaving, es Ray Nicholson, que no solo es hijo del gran Jack sino que en esta película ya ni intenta disimular su parecido y hasta copia su estilo excesivo, impredecible y siempre al borde de la locura. Es casi una imitación —un poco El resplandor, otro poco Atrapado sin salida—, pero al ser un asunto de familia, casi genético, no molesta sino asombra.

Borderline transcurre en los ’90 (de hecho, podría haber sido un film de esos años y con Jack en lugar de Paul) y Weaving encarna a Sofia, una estrella pop del momento, una celebridad que vive en un enorme caserón en las colinas de Hollywood inspirada —como el título del film— en Madonna. Todo comienza, sin embargo, sin ella. Es Paul (Nicholson) quien aparece en la casona queriendo entrar como si fuera la suya, buscando a su «novia». Lo detiene Bells (Eric Dane), el guardia de seguridad, quien ya lo conoce y por un rato le sigue el juego. Pero las cosas se complican, Paul lo apuñala y termina encerrado en un manicomio. Bells sobrevive.

Tiempo después conocemos a Sofia, que en realidad está saliendo con un basquetbolista llamado Rhodes (Jimmie Fails, inspirado en Dennis Rodman, quien tuvo una breve pero intensa relación con Madonna). Es una diva que vive un tanto en una nube, preocupada por su carrera y no mucho más que eso, usando a la estrella de la NBA casi como un acompañante de lujo. Pero cuando Bells se entera que Paul se ha escapado del manicomio, todos entran en crisis porque saben que Paul volverá al acecho con algún tipo de plan.

En paralelo, Warden nos muestra al desequilibrado Paul con el grupete de problemáticos seguidores que se agenció en el centro de salud mental en el que estaba detenido, incluyendo la psicótica Penny (la actriz portuguesa Alba Baptista haciendo un acento francés y robándose la película con su extrema caracterización) y el violento J.H. (Patrick Cox). Los tres, como se adelantó en una breve escena al inicio del film, tienen un objetivo claro: celebrar la boda de Paul y Sofia, de la manera que sea posible.

Borderline es una película exaltada desde el principio, tanto en los estilos actorales —Nicholson Jr. revolea las cejas y flashea sus dientes en primer plano cada vez que puede, Baptista se presenta en plan Harley Quinn— como en las decisiones estéticas, situaciones curiosas y personajes secundarios absurdos. Hay un policía que viene a ayudar y que en sus ratos libres ensaya una coreografía del musical Top Hat —escena que Warden deja entera—, una secuencia de montaje al ritmo de Crimson and CloverI don’t hardly know her/But I think I could love her«, reza la letra) y un momento musical culminante, que incluye una versión desaforada a dúo de un clásico de Céline Dion, que hay que ver para creer. Es, por lejos, la mejor escena de esta inusual película.

La resolución del film no está a la altura de la premisa y muchas de las elecciones que van y vienen a lo largo de sus 90 minutos son por lo menos caprichosas, dándole al film saltos tonales permanentes que le quitan mayormente el suspenso. Pero esas debilidades quedan en segundo plano frente a la rara inventiva, la gracia, algunos diálogos y los comentarios de la cultura pop de los ’90 que incorpora. Es un film desparejo con momentos curiosos y otros fascinantes que no busca desentrañar la lógica psiquiátrica de sus protagonistas (no es en ese sentido un film sobre la salud mental ni analiza en exceso la cultura de la obsesión por las celebridades) sino que prefiere divertir con lo absurdo de su premisa.

«El ascensor de Paul no llega al último piso», le aclara Penny a Sofia como si el suyo si llegase. En una película sin personajes del todo mentalmente sanos, lo más inquietante llega también a través de una canción de las muchas que Warden utiliza en la banda sonora a modo de comentario. Es un cover de Borderline, la canción de Madonna, pero interpretada de un modo lento y psicodélico nada menos que por los Flaming Lips. Allí, lo que parece una simple canción pop revela, gracias al tempo y a la letra («Somethin’ in the way you love me won’t let me be/I don’t want to be your prisoner, so baby, won’t you set me free?»), un carácter mucho más siniestro y preocupante. Es todo cuestión de cómo se cuenta una misma historia…