Series: crítica de ‘El oso: Gary’, de Christopher Storer (Disney+)

Series: crítica de ‘El oso: Gary’, de Christopher Storer (Disney+)

Mientras esperan una entrega demorada en un pueblo de Indiana en crisis, Mikey Berzatto y Cousin Richie discuten, conectan y se desarman, revelando lealtad y resentimiento en su relación. Con Ebon Moss-Bachrach y Jon Bernthal. En Disney+

Probablemente sea un favor, un capricho, un ejercicio, pero cuando dos actores talentosos saben sacarle jugo a una situación, pueden pasar cosas extraordinarias. Y eso es, más o menos, lo que sucede en Gary, episodio especial y sorpresivo de la serie El oso que apareció sin aviso y que es de lo mejor de la serie en los últimos tiempos, más a la altura de la excelente primera temporada que las un tanto más frágiles últimas dos (la tres y la cuatro; pronto llega la cinco). Un spin-off, una historia de origen, una revisión del pasado: llámenla como quieran. Lo cierto que a lo largo de una hora Gary saca mucho de lo mejor —y tan solo un poco de lo no tan bueno— de la muy buena serie creada por Christopher Storer.

Ebon Moss-Bachrach y Jon Bernthal son los guionistas, los dos protagonistas y casi los únicos del show original que aparecen aquí. Lo que Gary cuenta sucedió unos años atrás del inicio de la trama (en 2019), cuando Mikey Berzatto (Bernthal) vivía —no es un spoiler, Mikey está muerto desde el primer episodio de The Bear y solo aparece vía flashbacks— y tomó un trabajo junto a su «primo» Richie (Moss-Bachrach), que entonces seguía casado con Tiff (Gillian Jacobs, que aparece brevemente), quien estaba a punto de parir a la hija que en la serie ya tiene unos 5-6 años.

A pedido del Uncle Jimmy (Oliver Platt, que no aparece), Mikey y Richie se van en auto a la ciudad de Indiana que es famosa por haber sido la cuna de Michael Jackson y familia a entregar un misterioso packaging que jamás abrieron. Es una ciudad obrera, pobre, en el corazón del Rust Belt norteamericano y el episodio especial funciona como un ejercicio actoral en el que estos dos célebres intérpretes teatrales —que actualmente están haciendo en Broadway una adaptación de Tarde de perros— se sacan chispas en una serie de charlas, peleas, juegos, canciones, discusiones, risas y nuevas peleas a lo largo de una hora.

La dupla tendrá que volver a la ciudad antes de las 5.15pm ya que Tiff está convencida que a esa hora nacerá su niña, pero la «misión» se complica: el hombre que tiene que recibir el paquete está demorado y ellos, en lugar de esperar tranquilos solamente charlando, cantando canciones de una playlist de clásicos en CD o jugando al basquet con unos chicos de la zona —algo que hacen y muy bien por un rato—, no tienen mejor idea que meterse a tomar algo en un bar. Y allí, bueno, pasan cosas, hay consumos, todo se intensifica y, como se dice por ahí, el asunto escala rápidamente hacia la tensión, el drama, el llanto y hasta la agresión.

Con la importante participación de Marin Ireland (otra leyenda de las tablas neoyorquinas) en el rol de una chica que conocen en el bar, Gary bien podría ser una pieza teatral de los años ’50, con ese tipo de actuaciones de alta intensidad, textos confesionales, situaciones tensas, bastante humor y todo eso junto en un combo compacto que no llega a ser tan caótico como los episodios más ampulosos de la serie (como Fishes, en la temporada dos), pero que utiliza un similar estilo intenso, nervioso y, en este caso, hiper-masculino.

Es, a la vez, importante para conocer más del pasado de ambos, entender algunas de las cosas que los llevaron a tomar ciertas decisiones o atravesar algunas difíciles situaciones y, en sí mismo, funciona como un potente retrato de la relación de amor-odio entre dos grandes amigos que se adoran pero que no hacen más que chocar entre sí todo el tiempo. Con unos 15/20 minutos más, Gary bien podría ser una película indie fuera del contexto de la serie. Y seguramente sería mejor que el 80 por ciento de las cosas que se ven en festivales como Sundance.

The Bear: Gary no es solo para fanáticos completistas que quieren saber más de sus personajes o del lore de la serie. Salvo por una fuerte escena sobre el final que parece mostrar algo que la conecta con la nueva temporada, el episodio se sostiene por sí solo como un drama familiar, de amistad, romántico y en algún punto social sobre lo complejas que pueden ser las relaciones humanas.

Uno huele a la distancia todos los clichés utilizados por estos dos (o tres) alumnos ejemplares del Actor’s Studio que estudiaron todos los manierismos del Marlon Brando de los inicios, pero cuando el ejercicio está en manos de tipos con este talento, uno deja eso de lado para apreciar cómo logran combinar talento y algo de show-off personal con el objetivo de emocionar e impactar con una breve pero muy buena historia.

Es un pequeño gran film para que vean no solo estudiantes de teatro sino todo aquel al que las contradictorias emociones de los seres humanos le resulten un fascinante enigma a descifrar.