
Estrenos: crítica de ‘Los bobos’, de Basovih Marinaro y Sofía Jallinsky (Cine Arte Cacodelphia)
Una dupla que se dedica a lobotomizar personas se ve enfrentada a una decisión complicada en esta densa comedia negra de los directores de «Estertor».
El cine de la dupla Marinaro-Jallinsky juega en los extremos, con los riesgos, en el borde de lo que es tolerable e incómodo. Sus dos películas previas —Palestra y Estertor— demostraban un crecimiento en esa suerte de provocación, buscando llevar más lejos los nervios del espectador. En Los bobos van todavía un paso más allá, jugándose a sobrepasar ese límite y ver si los espectadores los acompañan. Mi impresión es que la movida es equivocada y que Los bobos es la primera película innecesariamente cruel de los realizadores argentinos. No por lo que muestra, necesariamente, sino por lo que propone como visión del mundo.
En cierto modo uno podría ver a la tercera película como una continuación temática de Estertor con su idea de un grupo que se dedica a una tarea moralmente problemática. Pero lo que allí jugaba en un terreno ambiguo —el grupo se dedicaba a «habilitar» que mucha gente agrediera verbalmente a un militar torturador postrado con Alzheimer—, acá ya no encuentra ese espacio, esa zona desde la cual la incomodidad puede analizarse de una manera, si se quiere, política y llena de zonas ambiguas. O si lo hace, está en un plano muy lejano en relación a la crueldad por momentos gratuita que sus personajes ejercen.
La «organización» que protagoniza Los bobos —una referencia a Los idiotas, de Lars von Trier, con la que tiene varias cosas en común— la componen una pareja de dos jóvenes (Cecilia Marani y Sebastián Romero Monachesi, que aparecen en todas sus películas) que se dedica a una tarea espantosa y reprobable: son contratados para hacerles electroshocks a personas hasta dejarlos lobotomizados. Sus clientes suelen ser empresarios o familiares de esas personas que, por distintos motivos, quieren anular su capacidad cognitiva. Y ellos —a partir de contratos que consigue la madre de él, interpretada por Liliana Weimer— llevan su precario equipamiento, duermen a las víctimas y las dejan… bobas.

Hasta ahí la película podría ser vista, si se quiere, como una arriesgada crítica a un sistema que para subsistir precisa que los subordinados sean «bobos», «idiotas» y no tengan capacidad crítica alguna. Y los protagonistas no son más que cínicos partícipes de ese sistema en función de los dineros que reciben. Pero a eso Los bobos le agrega una segunda capa que tiene que ver con los personajes en sí, que son también bastante border, incluyendo como parte lateral del grupo a dos hermanas (Verónica Gerez y Fiona Gollob) que tienen una pésima relación, y una de las cuáles se plantea si no hacerle el procedimiento a la otra, mucho más intensa y disruptiva.
La tensión crece cuando aparece una clienta especialmente cruel que ofrece más dinero pero pide un «servicio» un tanto diferente a los que el grupo hace, poniéndolos en conflicto en función de sus autoimpuestos límites. El problema del film aquí es que los miembros del grupo están demasiado caricaturizados y cuesta encontrar en ellos un mínimo resquicio desde el cual poder al menos empatizar en parte con ellos. Hay un punto en que ya no hay muchas diferencias de brutalidad y crueldad entre los que ofrecen el servicio y sus clientes. Las únicas víctimas aparecen mudas, acostadas y a punto de ser electrocutadas. Y no son, como en Estertor, personajes que algunos podrían considerar como «merecedores» de ser maltratados. Más bien, todo lo contrario.
Dejando prácticamente de lado ese espacio de mínima humanidad, la película cae en un sistema de crueldad gratuito, que se nota también en la referencia que hacen en los títulos y créditos al cine de Gaspar Noé. Lo que la dupla de realizadores viene haciendo siempre fue celebrable dentro de una cinematografía como la argentina que no es de tomar grandes riesgos en aspectos éticos ni meterse en zonas demasiado controvertidas. Pero mi impresión es que la «broma» de Los bobos les salió un poco pesada, les hizo perder sutileza, grises y ambigüedad. Ya es provocación por la provocación misma. Y no produce el mismo resultado.



