Series: crítica de ‘El oso – Temporada 5’ (‘The Bear’), de Christopher Storer (Disney+)

Series: crítica de ‘El oso – Temporada 5’ (‘The Bear’), de Christopher Storer (Disney+)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
26 Jun, 2026 02:25 | Sin comentarios

Al borde del colapso, un equipo de restaurante fracturado atraviesa una jornada caótica y tormentosa que podría definir si sobrevive… o si sirve su última comida. Disponible en Disney+

Muchos de los fans de la primera temporada de El oso tenían —teníamos— la sensación de que la serie había perdido el rumbo a lo largo de sus tres siguientes. Para algunos ya era irreversible. Para quien esto escribe, todavía quedaba claro que había mucho talento en bruto en cada temporada, solo que expresado a veces de manera torpe, indefinida, casi a las apuradas, como si la obligación de sacar una nueva tanda de episodios al año no les diera la posibilidad de pensar bien el menú. Para su quinta y última, su creador Christopher Storer tuvo la inteligencia de volver a los orígenes, sacando a la luz lo mejor que tiene The Bear: su lado más humano, caótico pero sensible, divertido pero a la vez brutal y optando por ver la situación desde el lado luminoso (o un poco más luminoso) de la vida.

Con un protagonismo más repartido que en las temporadas anteriores, la quinta es más un ensemble piece que nunca y arranca directamente tras los sucesos de la previa. SPOILER ALERT DE LA TEMPORADA ANTERIOR. Como sabrán los que la vieron, la cuarta temporada culminaba con el anuncio de Carmie Berzatto (Jeremy Allen White) de su intención de abandonar el restaurante del que es su chef principal. Se sabe a sí mismo una persona tóxica que genera un clima de trabajo complicado y se da cuenta que no le hace bien ni a él ni a los demás allí. Y es así que Sydney (Ayo Edebiri) y Richie (Ebon Moss-Bachrach), inicialmente azorados, deciden ser los continuadores, cada uno desde su respectivo rol, del negocio. A esto hay que sumarle que el tío y financista del negocio, Cicero (Oliver Platt), ya les dejó en claro que el restaurante ya estaba al borde de la quiebra.

Y así empieza la única jornada que ocupará casi toda la temporada de ocho episodios, una jornada que podría funcionar como despedida del restaurante, de Carmie y de toda esa caótica familia (natural o elegida) que rodea al negocio. Para peor, llueve horrores, el restaurante se inunda, todo se rompe, no funcionan la mitad de las cosas (desde las tarjetas al sistema de reservas pasando por la luz que se va y viene) y, por la falta de presupuesto, los platos tienen que reducirse en ingredientes, tamaños, lo que sea. Nada pinta bien para una jornada en la que, encima, sospechan que uno de los comensales que vendrá es de esos que otorgan estrellas Michelin. Y todos saben que una de esas «estrellas» podría salvar a The Bear de la bancarrota.

Y eso es, amigos, lo que sucederá en la temporada de cierre de esta gran serie de Christopher Storer. Caos organizativo para llevar el día a cabo con los permanentes problemas operativos que se presentan, combinados con un caos emocional ligado a las personales situaciones de cada uno de los que allí trabaja o que rodea al negocio. Aparecerán padres, madres (regresa Jamie Lee Curtis), exes, maridos y la tensión de todos los que allí saben que ese puede ser el último día del restaurante que tanto esfuerzo y sacrificio les costó construir. Y que probablemente se despida esa misma noche de tormenta y emociones fuertes.

The Bear vuelve a ser la serie del día a día, de la broma pesada, del humor inesperado, del brote emocional que aparece de la nada y de las tensiones entre esa suerte de familia elegida que pasa de amarse a odiarse en dos minutos. Richie es casi el protagonista principal, haciéndose bastante cargo de llevar el asunto a buen puerto —con sus asuntillos, obviamente— mientras que Sydney está un tanto abrumada por su rol central en el manejo del día en cuestión. A la par, y por afuera del restaurante, el tío Cicero y otros parientes (el famoso «Computer») tratan de ver si pueden conseguir algún dinero más para seguir subsistiendo. No será fácil. Y el clima no ayuda.

Con muchos menos cameos que en las temporadas anteriores (hay algunos en flashbacks y otros que aparecerán, bueno, ya verán cuando), El oso consigue su mejor temporada desde la primera. Es imposible no emocionarse con algunos de los momentos vividos por los personajes que trabajan allí —en ese sentido, Liza Colón-Zayas se lleva todos los aplausos—, ver el recorrido que cada uno de ellos tuvo, los sacrificios que atravesaron y los esfuerzos que hacen para que el barco no se vaya a pique. Quizás, por una sola y última noche. No se sabe, pero todos ya están pensando en un Plan B para el futuro.

Pese a eso, están todos ahí, en medio del caos, de las filtraciones de agua y de un sinfín de comensales a los que hay que satisfacer, intentando sobreponerse a sí mismos, a la situación en la que viven y ofreciendo lo que, imaginan, es algo así como «the last dance»: el último baile, la última función de la compañía. Puede serlo o no, pero la sensación que atraviesa a todos los protagonistas es esa: dar un esfuerzo extra más por el equipo. Y nadie sabe qué deparará el futuro.

Emotiva, humana, tensa, dramática, divertida —no tanto como para ser considerada una comedia, pero eso es cosa de los Emmy—, El oso fue, más allá de sus bajones de calidad, una de las grandes series de esta década. Y termina de gran manera: apostando por lo mejor de sus personajes, por su lado más luminoso y por celebrar que, pese a todos los problemas que nos rodean y que a veces generamos nosotros mismos, lo más relevante es seguir contando con esas familias y esos amigos que nos permiten seguir viviendo y que estarán allí en las buenas y en las malas.