
Locarno 2026: crítica de ‘You Don’t Belong Here’ (‘Nu e locul tau aici’), de Florin Serban (Competición Internacional)
En un pequeño pueblo de Rumania, el hijo de un cirujano queda vinculado a un ataque racista fatal, obligando al padre a enfrentar verdades incómodas. Ganadora del Leopardo de Oro a la mejor película.
Premiada con el Leopardo de Oro a la mejor película del Festival de Locarno, You Don’t Belong Here utiliza los recursos a esta altura ya clásicos del cine rumano contemporáneo para narrar un drama moral, de esos que tienen tanta impronta cinematográfica como literaria. Con el peso y la gravedad de una novela de Fyodor Dostoevsky pero con el formato más rutinario y cotidiano de un drama de pequeño pueblo rumano, el nuevo film del realizador de If You Want to Whistle, Whistle cuenta la historia de un padre y su hijo adolescente atravesando una muy complicada situación familiar de amplias resonancias sociales y políticas.
Durante buena parte del film sus historias se contarán casi en paralelo. En Reșița, una ciudad chica de Rumania, vive Marius Călimănescu (Adrian Văncică), un hombre viudo, respetado cirujano y director del hospital local, y su hijo Ioan (Teodor Butănescu), de 18 años, introvertido, reservado y, en apariencia, no demasiado brillante. El incidente que dispara el conflicto se ve al principio y se centra en un grupo de jóvenes racistas que pegan en coches de familias romaníes («gitanas», les dicen directa y agresivamente) carteles con la expresión que da título al film (traducible como «Ustedes no pertenecen aquí«) y les pinchan las ruedas. En uno de estos ataques un hombre sale a pelearlos con un palo y es atacado violentamente por el grupo.
Mientras Marius opera un paciente, los familiares de ese hombre que ha fallecido por la golpiza llegan al hospital y rompen todo de un modo violento. En paralelo veremos a Ioan intentando esconder su bicicleta amarilla (la que vimos ser usada en el crimen), lo que hace suponer que tuvo que ver con el asunto. De a poco iremos entendiendo que ambas cosas se conectan. Pero la película no se presenta como un enigma a resolver a modo de un policial clásico, sino que da por sentado el conflicto y lo utiliza como disparador para analizar las conductas de ambos —del padre, especialmente— y de la sociedad en la que viven.

Con sus planos fijos —no todos, pero la mayoría— y sus escenas largas, con sus conversaciones laterales y sus momentos de silencio y parquedad, los personajes empiezan a atravesar las consecuencias del hecho. De a poco vamos conociendo más a Marius, su relación con su amigo y jefe de la policía local, su mirada sobre su trabajo, sobre la masculinidad y hasta lo escucharemos hablar —ante su novia— de la frustración que siente por tener un hijo que no está a la altura de lo que esperaba de él. «Solo le importa hacer trucos con la bicicleta», dirá. Y eso aún antes de saber de lo que fue parte. Al aparecer la policía, promediando el relato, el hombre se verá enfrentado a lidiar con algo aún más problemático que esa decepción. De Ioan sabremos menos acerca de qué piensa, pero se va volviendo evidente que fue manipulado por sus pares y está visiblemente nervioso por lo sucedido.
Los elementos clásicos del drama rumano contemporáneo están ahí, a modo de cine debate, un poco como los presenta también Fjord, la película de Cristian Mungiu reciente ganadora de la Palma de Oro de Cannes, otra película que le propone al espectador un tema «urticante», de esos que mezclan drama familiar y temas de la realidad sociopolítica que parecen extraídos de las noticias. A diferencia del film de su colega, el de Serban es menos manipulador y agresivo, más reservado y grave en sus resonancias. No solo se pregunta qué es lo que debe hacer un padre al enterarse lo que hizo su hijo sino que se plantea qué clase de padre ha sido para que algo así haya sucedido. ¿No hay en ese acto un reflejo de sí mismo, de la manera en la que lo educó?
Serban raramente se sale del formato tradicional del drama rumano —salvo el final, que es un tanto más altisonante, lo mismo que alguna escena previa de monólogo interior— y con esos elementos logra meter al espectador por más de 150 minutos en la lenta pero progresiva debacle de ese pequeño núcleo familiar. En paralelo You Don’t Belong Here habla del patriarcado, de la corrupción policial, del racismo y de la contenida violencia social que atraviesa a varias generaciones. Como la serie Adolescencia pero adaptada a los ritmos, los tonos y el tiempo de un cine más observador y contemplativo, la película de Florin Serban termina siendo un análisis preciso y bastante incómodo acerca de las diferentes formas tóxicas de la masculinidad.



