San Sebastián 2026: crítica de ‘Growth of the Soil’ (‘Markens grøde’), de Hans Petter Moland (Competición)

San Sebastián 2026: crítica de ‘Growth of the Soil’ (‘Markens grøde’), de Hans Petter Moland (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
23 Sep, 2026 07:08 | Sin comentarios

En la Noruega salvaje de principios del siglo XX, un hombre solitario y una mujer levantan un hogar de la nada hasta que el mundo exterior irrumpe y lo complica todo. Elegida como la representante noruega en los premios Oscar.

Tras dos películas de acción protagonizadas por Liam Neeson, el veterano realizador noruego Hans Petter Moland retorna a su país natal con un desafío bastante complejo: adaptar la célebre novela Bendición de la Tierra, publicada en 1920 por Knut Hamsun y la que le permitió al controvertido escritor ganar el Premio Nobel de Literatura. Esta épica historia que trata sobre la construcción de una familia y un hogar en medio de la nada y sobre cómo, a lo largo de las décadas, su evolución se va alterando a partir del contacto con la «civilización», fue muy celebrada en su época pero luego cayó en prestigio, acompañando la caída en desgracia de Hamsun a partir de su apoyo al nazismo. Hoy, lamentablemente, a partir de cierto resurgimiento de un espíritu similar al de aquellas épocas, se hace difícil verla de otro modo que como una celebración del individualismo a ultranza.

A lo largo de 150 minutos que podrían ser algunos menos, Moland se arregla por lo general bastante bien para narrar la lenta y progresiva evolución y luego resquebrajamiento de una familia que se va armando, literalmente, a partir de la nada. El que comienza la historia es Isak (Herbert Nordrum, conocido por la película La peor persona del mundo), un hombre solitario que parece perdido en las montañas del norte de Noruega y hace campamento en una zona en la que, pese a las nevadas, es posible la siembra. Sobrevive a duras penas mientras va armando un mínimo y precario refugio que lo proteja del viento y la nieve. Estando allí se cruza una tal Inger (Asta Kamma August, hija de Bille y Pernilla August), otra solitaria mujer perdida, que tiene un labio leporino y que termina quedándose con él a vivir en ese ínfimo refugio.

Pasa el tiempo, las estaciones cambian, aparece algo así como una relación afectuosa y pronto, sin hablar demasiado —debe ser la pareja con menos diálogo entre sí en la historia del cine sonoro—, Isak e Inger están juntos, tienen un hijo, luego otro, traen una vaca, se empeñan en construir una casa y, en tan solo una década o algo así han construido un no tan pequeño y paradisíaco rincón en donde antes no parecía haber nada. Pero el paraíso pronto se empezará a corromper. Y lo primero que aparece es «el Estado», corporizado en un intendente que quiere cobrarles impuestos por sacar provecho de un terreno estatal. Y luego sucederá un hecho complicado en el seno familiar —uno que mejor no revelar— que empieza a establecer distancias y caminos diferentes entre Isak e Inger.

En el medio de los conflictos personales, lo que Growth of the Soil narra es cómo esa tierra trabajada y ese mundo construido por la pareja desde cero pronto empieza a conectarse con la civilización de maneras conflictivas, a poblarse de recién llegados que buscan fortuna, de funcionarios que intentan algún rédito o ventaja, y a chocar con una serie de cambios culturales —Isak e Inger son inicialmente analfabetos— que van marcando una profunda división interna entre la pareja y, especialmente, entre el más tosco, primitivista y «libertario» Isak —que no quiere saber con nada ni con nadie— y la más gregaria Inger, que busca conectarse un poco más con el resto del mundo.

La película —que representará este año a Noruega en los Oscars— modifica algunas circunstancias puntuales de la novela pero igualmente se presenta como una celebración del esfuerzo y los logros individuales y una crítica a cualquier intento de socialización, contacto con el mundo y hasta del progreso más básico. La llegada de funcionarios que aplican leyes impensadas y cobran impuestos considerados injustos es lo que empieza a degenerar todo. Según el film, una vez que el estado mete su cola, todo la armonía familiar empieza a destruirse. Y Moland no modifica la postura original de la novela de Hamsun. Tanto aquí como allá el patriarca es el que, intelectualmente tosco como parece, tiene siempre la razón.

El realizador se las arregla para hacer avanzar de modo pausado pero preciso una narración que, pese a su extensión y aparente lentitud, nunca se torna excesivamente espesa. Moland tiene un entrenado músculo como narrador de thrillers y eso se deja ver en un film que, pese a sus características de épico drama histórico, siempre se mueve armónicamente. De hecho, para ser un film con muy pocos diálogos y limitada cantidad de personajes relevantes a lo largo de dos horas y media, se lo siente llamativamente ligero. Parte del sostén dramático lo da la compleja relación que se va armando entre los dos protagonistas y la química entre dos actores que ya compartieron cartel en la muy diferente comedia La hipnosis.

Lo que nadie intentó actualizar, eso sí, fue la propuesta original de la novela Growth of the Soil, un texto que funciona como manifiesto de las formas más extremas del individualismo, escrito en una época que desconocía lo que esos extremos terminarían deparando y generando en el mundo. Esta celebración del hombre que se hace solo y sin ayuda de nadie —y a quien el estado le arruina su existencia— bien podría ser el primer manifiesto libertario del cine, uno que aplica tanto a su interpretación histórica como, con mínimas diferencias, a la más moderna.