
Venecia 2026: crítica de ‘Oasis’ (‘Oase’), de Jannis Lenz (Orizzonti)
Tres amigos que atraviesan distintas situaciones de bullying escolar se refugian en un bosque tratando de reencontrarse con sus zonas más vulnerables. En Orizzonti.
Las diferentes e insidiosas formas del bullying son el centro de atención de Oasis, una película alemana que trabaja el tema a partir de lo que sucede con tres amigos de una escuela que se encuentran, de distintas maneras, relacionados con situaciones de ese tipo. Como Adolescencia o tantos otros films y series que se ocupan de la violencia implícita y explícita en las escuelas secundarias, la película de Jannis Lenz trata de ir a fondo respecto a esa situación, tan compleja de analizar como de resolver.
Lukas Vogler (Florian Geißelmann) es el protagonista, hijo de un respetado profesor de la escuela a la que va, un chico silencioso y algo distante que pasa buena parte del día jugando al paintball con su mejor amigo, Andi Meyer (Anton Petzold). Hay una agresividad y una violencia indisimulables en ese juego, que funciona como descarga a las tensiones que viven en sus casas y en la escuela. Lukas ha perdido a su madre, y su papá, Martin (Godehard Giese), trata de conectarse con él pero no sabe o no logra hacerlo. De Andi lo único que sabemos es que su padre es militar y que ha vivido en varias bases, tanto en Alemania como en los Estados Unidos. El grupo lo completa Maya (Mathilda Smidt), de la que sabemos aún menos, más allá de que tiene una casa grande y vacía en la que los tres se juntan.

Las cosas se complican en la escuela cuando empiezan a circular dos videos. El primero —del que muchos compañeros se ríen— muestra a Andi, desnudo, en el gimnasio, tratando de subir a una soga. El segundo lo muestra en el patio, enojadísimo y amenazando a otros alumnos, poniendo su mano a modo de pistola. Su comportamiento agresivo llama la atención de las autoridades y de los padres por lo que pronto todos en la escuela intentan solucionar el inconveniente mediante charlas (en privado o con todos los alumnos) y hasta juegos o entrenamientos que les permitan lidiar con el tema. Pero, en lo profundo, nada parece cambiar.
Oasis se centrará más que nada en la relación entre estos tres outcasts, que van pasando más y más tiempo en un bosque cercano a la casa de Maya, tanto con el paintball como filmándose mientras van explorando sus cuerpos de maneras que pasan de lo agresivo a lo tierno, de lo brutal a lo sensible. Allí uno descubre el lado más vulnerable de los tres —en especial de Andi— y entiende que ninguno sabe muy bien cómo hacer para enfrentar las constantes humillaciones de sus pares y presiones de sus padres. Lukas tiende a esconderse y no reaccionar. Pero Andi no puede contenerse. Y son sus reacciones las que lo terminan metiendo en problemas mientras que sus agresores suelen salir limpios de cada situación tensa, incómoda o directamente violenta que ellos mismos generan.
En su opera prima Lenz explora las complejidades del bullying y todo lo que conlleva. Hay varios chicos que los agreden —Andi tiene sobrepeso y se burlan de él por ese tema—, hay otros que miran sin querer meterse pero acompañan en su silencio, y están los protagonistas, que lidian como pueden —no siempre bien— con esa crueldad. Entre los tres tratan de armarse un mundo más cercano a sus propios parámetros y sensaciones, pero no siempre pueden evitar que la realidad se les venga encima. Y ni padres ni autoridades escolares logran encontrar una solución al tema. Más bien, empeoran lo que ya está mal.

Al ocuparse de los tres protagonistas y de su casi vergonzoso descubrimiento de sus lados más sensibles —Maya los filma pero Andi preferiría que esos videos no existieran—, Lenz evita caer en una letanía de constantes agresiones y devoluciones. Que los chicos agredidos pueden terminar tornándose más violentos que sus agresores es una de las problemáticas más densas de la vida adolescente, una que muchas veces termina en situaciones lamentables. Lo que Lenz intenta explorar y de algún modo demostrar es que, fuera de los ambientes escolares y familiares tóxicos, esos mismos chicos tienen una mayor cercanía con la ternura, con el contacto físico amable (no siempre, pero hacia allí se encaminan) y con algo parecido a la felicidad. Pero la vida en sociedad no es, lamentablemente, ese pequeño oasis que se gestionaron para ellos mismos. Y en el choque entre ambos mundos está el problema.
Lenz utiliza una música discordante e intensa que intenta enervar al espectador, lo mismo que ciertas decisiones formales que van por el mismo lado: crear la sensación de peligro inminente, casi de thriller. Pero cuando parece que Oasis se convertirá en otro festín de la crueldad —registro en el que caen muchas de estas películas, por más que intenten presentarse a sí mismas como sensibles al tema que denuncian—, el realizador sale de esa trampa para centrarse en los intentos de los tres amigos en quebrar, a su modo, esa rutina. Por momentos los clichés le ganan la partida (que uno sea un chico huérfano y el otro el hijo de un militar no son decisiones de guión particularmente originales), pero aún así Lenz evita la mayoría de las trampas que este tipo de historias presentan. Y ofrece una mirada lateral, inteligente y cuestionadora acerca de la cada vez más agresiva sociedad en la que vivimos.



