
Estrenos online: crítica de ‘La historia del hormigón’ (‘The History of Concrete’), de John Wilson (Filmin)
El realizador de «How To with John Wilson» dirige ahora su mirada hacia el mundo del concreto, descubriendo un universo de personajes excéntricos, ciudades en decadencia y encuentros humanos inesperados. Estrena la plataforma española Filmin el 18 de diciembre.
En las tres temporadas de su extraordinaria serie de HBO, How to with John Wilson, el documentalista, narrador y en más de un sentido protagonista de los episodios se dedicaba a observar el mundo a su alrededor, dejándose llevar por personas y temas que lo interesaban en una suerte de deriva que podía empezar como una mirada entre irónica y picaresca de ciertos universos y personajes para llegar de a poco a algún tipo de revelación sensible y original sobre el mundo que habitamos. La suya suele ser una movida riesgosa, ya que tiende a moverse en el límite entre la burla y la mirada sobradora hacia lo que describe. Pero Wilson lo evita no solo mostrando su propio patetismo sino, más que nada, logrando transformar esas viñetas de apariencia irónica en inesperadas y humanistas epifanías.
De 25 minutos cada uno, los episodios hacían ese recorrido de principio a fin. Empezaban por un tema un tanto insólito o extravagante y lo iban torciendo y alterando hasta llegar a algún tipo de extraña zona mental de la que surgían ideas sobre el mundo y sobre la gente. El riesgo de pasar al largometraje estaba, en buena parte, en ver cómo Wilson hacía para amplificar ese recorrido, utilizar 90 o 100 minutos para dar esa vuelta, ese arco narrativo, que usualmente le ocupa un cuarto de ese tiempo. Y ese es el riesgo que The History of Concrete no logra del todo superar. Sigue siendo un extraordinario recorrido humano y urbano, lleno de detalles, de color y de situaciones absurdas, pero su extensión lo lleva a regodearse más de lo necesario en el patetismo y algo que se parece bastante a la burla. Es cierto que luego el esperado giro se da, pero llega un tanto más tarde que lo deseado.

The History of Concrete parte de una de las formas habituales con las que Wilson solía estructurar su programa de HBO: seleccionar un eje o un tema que sea apenas un punto de partida, una excusa para la investigación, esa temática que sirve para poner en movimiento la máquina de observar, analizar, filmar y reflexionar a partir de lo visto. El realizador mantiene la misma estructura del show: su voz curiosa, inquisitiva, su particular manera de expresarse usando la segunda persona y su constante puesta en escena de los mecanismos de producción. Es así que nos enteramos de que, luego de terminado el show de HBO, el hombre se encontraba sin proyecto y con poco dinero residual de aquel trabajo (cobra cheques absurdos por menos de un dólar). Wilson nos irá contando sus problemas económicos, de vivienda y sus diversas ideas y vueltas por temas o formatos para lograr financiar una nueva película (incluyendo un curso que tomó en el que enseñaban a hacer Hallmark movies) hasta decidirse por el concreto u hormigón. Que no es lo mismo que cemento, aunque muchos crean eso.
Esa «madriguera de conejo» del concreto —un tema que, él mismo reconoce, no le interesa a casi nadie— lo lleva a meterse en el mundillo de los que trabajan con algo que es tan central a nuestra cotidiana existencia que casi nunca reparamos en él. Y tirando de esa cuerda conoce a curiosos personajes, va a convenciones y exposiciones, y se entera de detalles que les sirven para ir viendo qué surge de todo eso y disparar hacia allí. Hay un experto en sacar chicles de las veredas, un viaje a Italia a ver el Panteón, una mirada al mal estado de las placas de hormigón del Teatro Chino de Hollywood en el que celebridades de todos los tiempos han dejado grabadas sus manos, un recorrido por el (mal) estado de unas piscinas públicas en el Bronx y de ahí a una muy curiosa carrera de connotaciones religiosas (budistas) que se hace en Brooklyn, siempre en ese modo asociación libre que construye entre imágenes y narración.
El mecanismo de hurgar en ese mundo lo conduce a reflexionar sobre el estado y la decadencia de las ciudades y, sobre todo, a pensar en el mundo en el que estamos parados y a detalles en los que nunca prestamos atención pero nos acompañan a diario. Pero también lo lleva por momentos a caer en una trampa habitual de este tipo de documentales: el gusto por los personajes absurdos, casi ridículos, que pululan por estos universos. Y al contar con tiempo para ir pasando de un lugar a otro, se deja llevar —para mi gusto, en demasía— por la tentación de mostrar al personaje, al evento o a la situación más freak posible. En la serie, esa misma inclinación duraba apenas unos minutos, ya que pronto la historia se iba por una tangente más interesante para ya no volver. Llegar a eso acá tarda demasiado tiempo y Wilson termina regodeándose más de lo necesario en la parte más absurda mundo del hormigón y sucedáneos.

La película encuentra la salida de ese atolladero cuando Wilson se topa con Jack Macco, un hombre que trabaja haciendo probar una marca de mezcal a los clientes de una tienda de licores. De a poco, lo que inicialmente parece ser otro retrato un tanto absurdo de un tipo entre simpático y peculiar que tiene una banda de rock (Nebulus) con la que toca covers y temas propios para literales “cuatro gatos locos” se va transformando en una exploración más sentida y profunda de esa persona, su particular suerte y lo que eso produce en Wilson. En cierto modo Macco salva a La historia del hormigón de sus aspectos más sardónicos y de la patente tendencia de muchos documentalistas de usar la cámara como una herramienta de poder, la que distingue a los que “la ven” y a los que no.
La empatía fue siempre el mejor arma de Wilson y por suerte aquí reaparece para salvar a la película. Cuando la cámara se coloca a la altura de los personajes, cuando se abre a voluntades que no son solo las determinadas por los realizadores, los documentales se vuelven más democráticos, generosos y usualmente más humanos. Y en ese territorio el cine de Wilson fluye mucho mejor: se conecta con el mundo el lugar de sobrevolarlo, deja que las verdades de los personajes le ganen a la del director y se abre a reflexiones más complejas, profundas y emotivas acerca del mundo en el que vivimos y lo difícil que es existir en él.



