Streaming: crítica de «El hoyo», de Galder Gaztelu-Urrutia (Netflix)

Streaming: crítica de «El hoyo», de Galder Gaztelu-Urrutia (Netflix)

por - cine, Críticas, Estrenos, Streaming
24 Mar, 2020 07:17 | comentarios

La película española, que se convirtió en un éxito en Netflix a partir de algunas similitudes que posee con la realidad que nos toca vivir estos días, tiene un concepto básico ingenioso pero un desarrollo grotesco y banal, además de una complejidad ideológica nula.

Admitamos que es entendible el fenómeno (o mini-fenómeno, pero en valores Netflix) que se ha producido en torno a EL HOYO en estas circunstancias. Se trata de una película que parece pensada para ser estrenada en un momento como el que estamos viviendo hoy. Es algo así como una distopía acaso futurista en la que personas encerradas por meses viven, fundamentalmente, pendientes de tener algo para comer y que los demás no se acaben con todos los víveres disponibles. ¿Suena parecido a algo? Si a eso se le suma un dispositivo ingenioso que permite tener al espectador pendiente de qué es lo que realmente sucede en el estricto y casi teatral escenario en el que se desarrollan los acontecimientos, es fácil darse cuenta el potencial éxito del producto.

No, no hay un virus extraño y misterioso avanzando a través de la opera prima de Gaztelu-Urrutia. El protagonista es un hombre llamado Goreng (Ivan Massagué), un treintañero que aparece, de pronto, encerrado en una suerte de cubo junto a otra persona, un tal Trimagasi (Zorion Eguileor), aparentemente un veterano del lugar. El cubo está en el piso 33 de un enorme edificio cuyo fondo es imposible de ver. Lo único que separa a ese espacio de un escenario teatral (la película tiene muchísimo de escénico, hasta en el tono gritón) es un agujero rectangular en el medio por el que, una vez al día y por apenas unos segundos, pasa una enorme tabla con comida. Y la comida en cuestión va llegando en forma de restos de lo que dejaron los de arriba. Y así baja, dejando cada vez menos a los de abajo. O nada de nada. «Economía del derrame», que le dicen. No hay metáfora.

El otro elemento importante a tener en cuenta de la trama es que, después de un mes en un piso determinado, los presos súbitamente pueden aparecer en otro, mucho más alto o más bajo, por lo que logran experimentar cómo viven los más «ricos» o los más «pobres»: llenos de comida para elegir o matándose por un resto de lo que sea, quizás de su acompañante. A lo largo de poco más de 90 minutos la película sigue a Goreng, como testigo y narrador de una experiencia que se va volviendo cada vez más cruenta, violenta, desagradable y cruel. A su manera, el hombre de a poco empieza a intentar cambiar ese mundo (volverlo, si se quiere, más solidario y menos individualista, recuerden el Piso 33 como la edad de ya saben quién), pero sus intentos suelen ser vanos y siempre falla. En EL HOYO los seres humanos son por lo general horribles, egoístas e insensibles, por lo que «mejorar la sociedad» es una tarea que parece imposible.


El concepto del film puede parecer inteligente hasta que uno se da cuenta de sus evidentes limitaciones. Quizás, como episodio de una serie tipo BLACK MIRROR, podría haber tenido cierta gracia e interés, pero no solo «el chiste» no se sostiene por mucho tiempo una vez que uno entiende hacia dónde va la película (narrativa e ideológicamente) sino que el catálogo de comportamientos y calamidades que suceden de ahí en adelante son de una banalidad insoportable. No solo eso sino que están teñidos de una cierta capa de «profundidad» que no supera el nivel de análisis más básico posible, el de alguien que leyó tres novelas post-apocalípticas y se sentó a escribir la suya después de tener una idea –seguramente tras comer en algún restaurante con un par de estrellas Michelin– que le pareció cool.

En EL HOYO la gente es horrible y el mundo es injusto y el protagonista lee El Quijote y quiere mandar, literalmente, «un mensaje» a la Administración (los que manejan ese lugar) que ya verán en qué consiste. Goreng es uno de los pocos dispuestos a disputar la literal lógica «perro come perro» del establecimiento (es el único que entró con un libro, se nos dice decenas de veces, como tantas otras cosas y frases que se repiten en el film) y la película consiste en estirar lo máximo posible esa resolución a través de sangrientas peleas, diálogos repetitivos o puramente expositivos y otros mecanismos discursivos alegóricos, uno más burdo que el otro.

Cineastas como Bong Joon-ho (en PARASITE pero también en SNOWPIERCER) o, en su momento, el propio Luis Buñuel, son o han sido especialistas en afinar los materiales y la mirada para crear sutiles metáforas sobre las diferencias sociales y de clase. O, cuando a veces no sean o hayan sido sutiles, al menos esas ideas suelen estar teñidas de cierto espíritu humorístico o hasta absurdo. EL HOYO eso no existe: todo es tan directo y básico que uno empieza a extrañar hasta las más cruentas películas de Alex de la Iglesia, quien por lo menos suele acompañar sus brutales relatos sobre gente horrible haciendo cosas horribles a otra gente aún más horrible con cierta elegancia formal, con un talento cinematográfico y un humor que aquí no aparece –o no funciona– jamás.

Se trata de ese tipo de película completamente contradictoria que pretende tener un discurso progresista y lo único que muestra, una y otra vez, es lo miserable que puede ser el género humano (solo basta prestar atención a lo alto que está en la mezcla de sonido cada masticación para notarlo). Es tan poco lo que hay para dilucidar o «entender» en una película tan obvia que lo único que parece hallarse, una y otra vez, en el universo online son discusiones acerca de su completamente irrelevante final. No solo por comprender literalmente qué es lo que sucede allí (tampoco es tan complicado) sino por interpretar su «significado». Y la respuesta, que ya la dio Shakespeare hace casi 400 años, puede aplicarse perfectamente aquí: «es un cuento contado por un idiotalleno de ruido y furia que no significa nada