
Estrenos online: crítica de ‘Hermanito’ (‘Little Brother’), de Matt Spicer (Netflix)
La vida aparentemente perfecta de un exitoso agente inmobiliario se desmorona cuando su caótico «hermano menor» reaparece por sorpresa. Con John Cena y Eric André.
Nunca logré conectar del todo con el humor caótico de Eric André, una de las figuras más reconocidas de la comedia indie estadounidense. Digamos que el tipo de cringe comedy que maneja no suele resultarme muy divertido que digamos. Más bien siento que hay alguien ahí desesperado por hacerse notar vía el ridículo más básico, agresivo y paródicamente violento. Pero hay un culto alrededor de su figura —es alguien influyente para decenas de youtubers e influencers— y seguramente eso hizo pensar que bien podría funcionar una comedia que lo reúna con John Cena, el musculoso actor/comediante y ex luchador que es mucho más mainstream y masivo que André. Little Brother es un intento vía Netflix de unir esas dos sensibilidades mediante una comedia que trae a la mente el estilo inicial de los hermanos Farrelly y que funciona muy de tanto en tanto, cuando los distantes planetas de ambos se alinean.
André encarna a Marcus Pinchel, un hombre que se escapa de la clínica psiquiátrica en la que vive y va en la búsqueda de su «hermano mayor», que vive en Nueva York. El «hermano» en cuestión es Rudd (Cena), un vendedor de bienes raíces que sueña con participar en un reality show dedicado a los que compran y venden casas. Casado con la amable y tierna Deirdre (Michelle Monaghan) y con dos hijos adolescentes, Rudd es un tipo frustrado por el éxito de su propio hermano mayor, Josh (Christopher Meloni), un multimillonario y algo así como un «rey de la noche» neoyorquina. Un día recibe un llamado de que su hermano tuvo un accidente, pero al llegar al hospital descubre a Marcus, a quien no reconoce. ¿Quién es este hombre que dice ser su hermano?

Pronto queda claro que es un chico que él apadrino brevemente en un programa de caridad que hizo en la escuela secundaria y al que olvidó por completo. Pero no pasó lo mismo con Marcus, cuya vida en casas adoptivas lo hicieron estar siempre pendiente de quien consideraba su «hermano» y con quien, confusión online mediante, siguió creyendo que mantenían una relación virtual. Deirdre le propone a Rudd que el accidentado Marcus se quede unos días con ellos en su casa y, previsiblemente, este impredecible agente del caos se meterá en la vida de Rudd, de su familia, de su intento de triunfar en la TV y transformará todos sus planes gracias a su estilo de vida e ideas salvajes. Rudd intentará frenarlo como sea, pero la tarea es imposible. Y la comedia sale —o debería salir— de las frustraciones de este hombre calculador y en apariencia insensible que ve sus planes desbaratarse o, al menos, cambiar radicalmente, por la presencia de su «hermanito».
Matt Spicer, director de la más ácida e inteligente Ingrid Goes West, trabaja sobre un guión de Jarrad Paul y Andrew Mogel que funciona según un modelo narrativo clásico —la aparición extraña que amenaza y luego arregla la vida de un hombre que no sabe que está en problemas— y una dupla igual de tradicional entre un hombre que trata de mantener el orden a su alrededor (el straight man) y su caótico partenaire que destruye, aparentemente, todo lo que toca. En el medio habrá una suerte de parodia ligada a los realities a partir del absurdo show en el que ambos terminan participando. Y, como suele suceder en estas comedias post-Farrellys, un montón de humor sexual, entre adolescente y soez (muchas escenas de ese tipo, por algún motivo, transcurren en automóviles), que puede generar una sonrisa extra y no mucho más.
Es un modelo que funcionó en los años ’30, que lo hizo también en los ’80 (John Hughes mediante) y que volvió a ser usado en los 2000, como parte de la nueva comedia americana. Hermanito llega un poco tarde a ese ciclo y no logra darle un nuevo giro a lo que narra, más allá de sus intentos de meterse en el mundo de los reality shows y su falsa «realidad». Cuando una escena clave de la película se juega, a la par, tanto en el mundo de la ficción como en el show en el que ambos trabajan, uno se da cuenta que no hay muchas diferencias entre ambos. Y que, más que una parodia, lo único que la película hace es replicar los mismos códigos humorísticos y dramáticos de la TV basura. Quizás haya algún giro metalingüístico dando vueltas por ahí —en ese mundo se mueve el anti-humor de André—, pero lo cierto es que todo se parece demasiado a sí mismo.



