Estrenos online: crítica de ‘Backrooms: sin salida’, de Kane Parsons (Flow)

Estrenos online: crítica de ‘Backrooms: sin salida’, de Kane Parsons (Flow)

El dueño de una mueblería descubre un laberinto infinito oculto bajo su negocio, donde realidad, memoria y locura terminan colisionando de forma inquietante. Con Chiwetel Eijofor y Renate Reinsve. En Flow, alquiler bonificado hasta el 31 de agosto.

Cualquiera que haya visitado los Estados Unidos y haya concurrido a algún enorme mall de esos que están ubicados a los costados de las rutas, con gigantescas tiendas y amplísimos estacionamientos, seguramente advirtió lo tenebrosos que pueden ser esos no-lugares. Escenarios grises, monótonos, muchas veces vacíos y desangelados, con enormes paneles de luces brillantes que le dan a todo un aire entre clínico y fantasmal. La enorme mueblería que funciona como punto de entrada al universo de Backrooms bien podría estar en uno de estos lugares. Pero la película surgida de videos de YouTube que a la vez surgieron de memes e historias de internet (más explicaciones del fenómeno, acá) va más allá de eso: penetra esos espacios para husmear, si se quiere, en su interior, en su lado más abstracto y quizás tenebroso.

Efectiva y angustiante en su tránsito entre lo realista y lo fantástico, entre lo prosaico y lo poético, la opera prima de Kane Parsons, de 20 años al filmarla, puede ser descripta como una mezcla de experimento lynchiano en «lógica del sueño» con una trama de terror psicológico un tanto más convencional, aunque igualmente enigmática. En Backrooms conviven la inmersión en los misterios de la psiquis humana con una exploración sobre la alienación laboral, todo envuelto en lo que parecen ser los inicios de una mitología inscripta de lleno en el terreno fantástico —a lo Stranger Things, quizás—, una que se irá, en función del éxito del film, expandiendo más y más con el paso del tiempo.

Backrooms: sin salida parte, como muchos films de terror indie o autoral (la productora A24 ha hecho también films como Beau is Afraid, I Saw the TV Glow y undertone, entre otros) surge como una exploración casi psiquiátrica de sus protagonistas. Chiwetel Eijofor encarna a Clark, un arquitecto que es dueño de una enorme mueblería muy poco concurrida de la que hace hasta la publicidad vestido de pirata. Lo conocemos cuando visita a la Dra. Kline (Renate Reinsve) para hablar de su duro divorcio, de sus frustraciones, su alcoholismo y soledad. La psicóloga tampoco parece tener todo en orden allá arriba, ya que también la vemos atormentada por un pasado que se adivina perturbador junto a una madre entre obsesiva y paranoica.

Un día, durmiendo en la mueblería —un lugar inmenso y con varios pisos—, Clark escucha ruidos, la luz se entrecorta y siente algún tipo de presencia. Al no encontrar ningún desperfecto técnico, finalmente termina topándose con una situación extrañísima, ya que puede atravesar una de las paredes del subsuelo y trasladarse casi mágicamente a un universo paralelo. Lo que hay allí, de entrada al menos, es una versión aún más liminal y asfixiante que la que hay afuera: un aparentemente infinito laberinto de pasillos con paredes de color amarillo que no parecen llevar a ningún lado. El hombre entra y sale del lugar a su gusto, y hasta le avisa a su psicóloga de su descubrimiento, pero ella no le cree. Para probarle que eso existe, decide volver a entrar con su empleada y con el novio de ella portando una cámara, para filmarlo todo. Y ahí empiezan los verdaderos problemas.

Backrooms es una inmersión en un imaginario que va de lo banal a lo esotérico, de lo mundano a lo enrarecido, una colección de espacios, cuartos y pasillos que pueden estar vacíos e iluminados con unos horribles paneles de luces o, ya ingresando en zonas más profundas, empezar a tener otros aspectos, más clásicamente tenebrosos, oscuros y… ocupados. Clark se enredará allí, luego hará lo propio la doctora y el lugar parecerá ir modificándose y alterándose en función también de sus respectivas situaciones personales. A la par veremos a Phil (Mark Duplass), alguien que desde afuera parece ver algunos de los eventos que suceden ahí adentro. Pero no sabremos hasta el final cómo las cosas se conectan entre sí. O, al menos, algunas de ellas.

Ampliando el concepto original de la propuesta —que consistía en una cámara de video hogareña recorriendo este tipo de crípticos no-lugares y topándose con sorpresas en plan Actividad paranormal—, Parsons va llevando a sus personajes a atravesar otros espacios que ya no tienen la cruda asepsia del original. No es lo mismo el temor a un lugar enorme y semivacío con luces que van y vienen y un permanente buzz eléctrico, que los escenarios un tanto más típicos del cine de horror que aparecen después. Si bien la película conserva hasta el final su extrañeza, los «personajes», las situaciones y los escenarios que aparecen después no tienen la misma árida y angustiante sequedad del inicial. De todos modos, a partir de la acumulación de imposibles intrigas que el guión acumula —hay mucho de viaje al interior de la mente pero también parece haber algo de otro orden—, Backrooms nunca pierde su misterio y su carácter de enrarecido trip mental. Más que producir horror, lo que el film genera es inquietud, ansiedad, extrañeza.

Contar con dos muy buenos actores y un manejo bastante metódico de los tiempos del relato hacen que Backrooms esquive caer en una posible resolución de fórmula a la que por momentos parece encaminarse. Lo mejor del film es cómo tuerce todo el tiempo las expectativas, ya que buena parte de lo que va surgiendo en esos escenarios es deliberadamente caprichoso, críptico, inesperado. En ese sentido, la película nunca deja de ser del todo lynchiana, ya que toma similares escenarios clásicos del paisaje de los Estados Unidos más profundos —el negocio enorme del mall en su caso, la casa de los suburbios en el de ella— y los rodea de un apabullante clima de desasosiego. Como en Severance o El resplandor —una serie y una película que tienen más de un punto en común con el film de Parsons—, la realidad puede parecer ascéptica y anodina desde afuera, pero con solo abrir una puerta equivocada uno puede terminar encontrándose en el mismísimo Infierno.