Series: crítica de ‘Cien años de soledad – Parte 2’, de Laura Mora, Natalia Santa, Camila Brugés y otros (Netflix)

Series: crítica de ‘Cien años de soledad – Parte 2’, de Laura Mora, Natalia Santa, Camila Brugés y otros (Netflix)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
02 Ago, 2026 04:00 | Sin comentarios

Mientras Macondo se moderniza, la familia Buendía se desintegra entre deseo, represión y explotación extranjera, revelando cómo el progreso transforma memoria, poder y destino colectivo. Desde el 5 de agosto por Netflix.

Llevar Cien años de soledad a la pantalla —cualquier pantalla— implicaba un desafío considerable, inconmensurable, de esos que atemorizan a cualquiera, frenan en seco cualquier posibilidad de avanzar. Por un lado, por lo puramente práctico y económico: visualizar la historia de Macondo involucra un presupuesto desafiante para un proyecto que, de cumplirse lo pedido por Gabriel García Márquez, tenía que ser en castellano y, preferentemente, colombiano. Por otro lado, por el simple hecho de que la Gran Literatura es, a todas luces, infilmable. Pongo las mayúsculas a modo de subrayado: no quiero decir con esto que la novela sea extraordinaria —ese es un debate del que no me corresponde ser parte— sino que es importante, clásica, canónica. Y tratar de salir airoso de esa batalla contra el mito es prácticamente imposible.

Uno puede equipararlo —con todas las diferencias del caso— con La Odisea, la reciente adaptación de Christopher Nolan del poema homérico. La película tomó un mito, lo pasó por un filtro cinematográfico (esto es, lo convirtió en cine de aventuras y acción, una versión posh de Sábados de Súper Acción) y lo convirtió en un éxito mundial. Y aún así despertó la ira de buena parte de los especialistas en el material original. A Cien años de soledad le caben, a su medida, similares circunstancias. Se haga lo que se haga, será imposible contentar a la mayoría, salgan de donde salgan. Y es por eso que, en función de tantos potenciales inconvenientes, la decisión de Netflix de ir a fondo con una adaptación completa de la novela (dos temporadas, 16 episodios) es remarcable. Hay mucho para ganar, claro, pero también bastante para perder. Y aquí, en función de las circunstancias, se ha ganado más de lo que se ha perdido.

Regresar a Macondo casi dos años después implica reacomodarse a sus tiempos, a su complicada genealogía de Arcadios y Aurelianos, y a su narración multipropósito que intenta contar, a la vez, la historia de una familia, de un país y, si se quiere, hasta del mundo todo entero. Es regresar a la vegetación frondosa, a las casonas de puertas abiertas, a los romances, las traiciones, a la micro y la macropolítica, a las calles, a los liberales y conservadores, a los gringos y a esa extendida saga generacional que nada tiene que envidiarle a la de Juego de tronos y a los similares nombres de hijos y nietos de algún Targaryen. Toma un rato acomodarse a la situación inicial —el inicio de la lenta decadencia del algún momento poderoso Coronel Aureliano Buendía— con sus conflictos políticos y su descomposición familiar interna, pero de a poco la temporada (o la segunda mitad) va encontrando su eje narrativo y avanza de un modo un tanto más académico y, si se quiere, clásico que la inicial.

Esta segunda parte de la historia se ocupará de la «apertura» de Macondo, de su crecimiento y potencial destrucción a partir de su conexión con el mundo y las ambiciones desmedidas de aquellos que consideran el progreso como una invitación a la rapiña. Son tres los personajes que se suman a los ahora veteranos y un tanto desdibujados —o encerrados en su fortaleza de la soledad— protagonistas de los años púberes de Macondo, y los que monopolizan lo central de esta parte de la historia. Me refiero a los gemelos Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo, y a la esposa del primero, Fernanda del Carpio. En la curiosa y complicada relación de pareja se teje el drama interno de los Buendía, el combate ciego entre la dimensión dionisíaca, la castración religiosa y todo lo que hay en el medio. La llegada de la severa Fernanda intensifica un sisma familiar que ya venía desde antes pero que implota ante su arribo. Su negada relación con su cuñada Remedios, la stripper de la familia, resume todos esos conflictos. Su «pacto» con su marido y la relación que tiene con sus hijos, los acrecienta.

Al melodrama familiar de los Buendía —que siempre bordea la telenovela; los límites entre una cosa y otra son puramente subjetivos—, la segunda mitad de la saga le suma y le agrega un peso mayor a los cambios político-económicos de Macondo, con la llegada del tren a partir de la ambición de un José Arcadio que asocia modernidad con mejora automática y que no anticipa los efectos sociales y económicos de tantos cambios. Con la apertura, Macondo se volverá irreconocible, moderna y por un rato pujante, pero a la vez ingresará de lleno en la versión caribeña del capitalismo salvaje, con la llegada de la compañía bananera (la United Fruit Company) y todo lo que eso terminará generando en el lugar. Y será el propio Arcadio testigo, participante y potencial víctima de los acontecimientos que él mismo ayudó a desarrollar.

En esta segunda mitad, la obra de «Gabo» exhibe su costado más crítico y político —uno podría hacer comparaciones entre las compañías bananeras y las plataformas de streaming, pero les dejo eso para que lo discutan en casa— y a partir de allí gana actualidad. Para algunos espectadores más jóvenes será una novedad darse cuenta que aquellas cosas que se discutían en América Latina a inicios del siglo XX y que García Márquez retrató en 1967 hoy siguen siendo más o menos las mismas. Y los países que las atraviesan y las sufren también. Si uno suma la dimensión universal de la historia a las mecánicas familiares, religiosas, místicas y al tan mentado «realismo mágico» que es parte integral a la vida cotidiana de Macondo y los Buendía —asunto que la serie incorpora de manera bastante natural—, puede entender la ambición de la novela. Y reconocer el inmenso desafío de adaptarla a cualquier pantalla.

Sin llegar al episodio final de la serie —que se estrenará el 26 de agosto y no ha sido adelantado a la prensa—, esta segunda temporada de Cien años de soledad resulta más filosa, más directa y avanza de una manera menos enredada que la inicial. Con Laura Mora como una de las showrunners y la principal directora de los episodios, la serie sale bastante airosa de la complicadísima tarea de desarmar y rearmar ese enredado tapiz que es la novela de García Márquez. Es evidente que tiene sus problemas: se reitera, se simplifica, se estira de más y por momentos —especialmente con algunos personajes— se banaliza. Pero esos puntos flacos no dañan del todo la propuesta, son esperables consecuencias de una producción enorme que seguramente pasó por decenas de revisiones y comités de aprobación. La circunscriben, si se quiere, a las expectativas de una gran producción sobre una de las novelas más reconocidas de la literatura mundial. Pero nadie esperaba mucho más que eso de esta adaptación. El texto sigue estando ahí, al alcance de la mano. Eso no lo cambiará ni una ni media docena de plataformas de streaming. El de Netflix quedará, en el mejor de los casos, como un respetuoso homenaje.