San Sebastián 2018: crítica de “Roma”, de Alfonso Cuarón (Perlas)

San Sebastián 2018: crítica de “Roma”, de Alfonso Cuarón (Perlas)

por - cine, Críticas, Festivales
26 Sep, 2018 10:03 | 1 comentario

La película del realizador mexicano de “Gravedad”, ganadora del León de Oro de Venecia, es un espectacular, impactante y emotivo drama que tiene como eje la vida, los sufrimientos y sacrificios de la “nana” de una familia pudiente de la capital de ese país, a principios de los ’70. Pero a veces su grandiosidad visual la aleja del corazón emocional de la historia.

¿Qué pasa cuándo un cineasta empieza a hacer películas del género “Obra maestra”? ¿Cuándo ya sabe que su nombre, su carrera y su reputación le permite, más o menos, hacer lo que le venga en gana y intenta hacer una película que responda a la premisa: “¿qué hago cuando puedo hacer lo que quiero?” En cada plano de ROMA es claro que Cuarón está dándose el gusto de su vida. La película es un amoroso, doloroso, intenso y fetichista memoir de su infancia en la “Colonia Roma”, ese barrio del entonces DF mexicano que ha cambiado mucho desde ese 1970-1971 que la película cubre. En lustroso blanco y negro, con un sonido expresionista y envolvente (que seguramente se perderá en Netflix), con una dirección de arte de una precisión exquisita y con planos que casi siempre llaman la atención sobre sí mismos, ROMA apuesta al obramaestrismo. Y en su ambiciosa búsqueda consigue excelentes resultados pero también otros donde se nota que, por momentos, la película es más grande (o grandiosa) de lo que debería haber sido.

A la manera de AMARCORD, de Federico Fellini, o FANNY Y ALEXANDER, de Ingmar Bergman, pero en un tono muy distinto, ROMA intenta condensar la infancia de una familia que bien podrían ser los Cuarón pero poniendo el eje en la nana (mucama, sirvienta) indígena que ayudaba a la familia “con cama adentro”. Cleo (Yalitza Aparicio) es la protagonista principal de una historia que la envuelve y enreda: la de un familia, la de una clase social, la de una ciudad, la de un país. Pero a fuerza de una historia personal conflictiva y poderosa y una actuación excepcional, el personaje de Cleo se vuelve tan fuerte y dominante que, por momentos, las florituras y planos lujosos de la película se tornan innecesarios. Es como si en el combate por la atención entre el minimalista silencio que expresa su rostro y la espectacularidad de la puesta/fotografía/arte hubiese ganado, quizás sin proponérselo, el personaje.

ROMA arranca mostrando la cotidiana labor de Cleo limpiando el caserón de la familia en “la Roma”, ocupándose de cada detalle. Cuando los niños llegan es claro que la adoran y ella también a ellos. La familia, sin embargo, está en problemas y queda claro de entrada que el padre está distanciándose de su mujer y sus hijos, separación en puerta. Frente a una madre angustiada, es Cleo la que sostiene más que nadie el orden familiar. Pero la chica tiene también su propia vida y sus salidas los fines de semana la hacen experimentar otro mundo (y con ella la película sale a la calle del DF mexicano de 1970 y la impresión de estar viendo una fotografía en movimiento de la época es impactante) y meterse en ciertos problemas que mejor será no adelantar.

Cuarón alterna entre esos dos universos: el intimo/familiar y el público/social. Y Cleo es, casi siempre, el personaje que atrapa nuestra atención. De entrada queda claro que Cuarón piensa que ROMA debe ser más que la historia de Cleo y le impone a su película una grandiosidad que maravilla y apabulla (no es ninguna novedad que cada plano suyo es un trabajo de orfebrería cinematográfica) pero que no siempre se lleva del todo bien con la intimidad y el costado humano de la historia, que es lo que le da al filme su fuerza emotiva. La recreación de época y la caligrafía cinematográfica son notables pero desvían la atención por momentos del drama humano de un personaje que vive una encrucijada fuerte y dolorosa.

Mientras más se complica la historia de Cleo, de la familia y también la del mundo que los rodea (una lucha de clases de complejas aristas corre en paralelo a la trama) más potente es ROMA. Cuarón logra que la emoción fluya, sin embargo, en los momentos más chicos: en una mirada de Cleo, un comentario gracioso de alguno de los chicos, un dibujo, la angustia callada de una madre que no se atreve a contarles a sus hijos lo que está realmente pasando con su padre. En otros, coquetea con el exceso, especialmente en dos impactantes secuencias sobre el final de la película en las que el golpe emocional pega ligeramente por abajo del cinturón, como se diría en boxeo. Uno se quiebra, sí, pero advierte también que los recursos para lograrlo se pasan un poco de lo “permitido”.

De todos modos, ROMA se siente en la piel, afecta los sentidos y las emociones. Y es imposible no salir de ella shockeado, tembloroso, impactado. Es de a poco, cuando algunas fichas caen, que uno duda de algunos mecanismos narrativos y de la ya comentada grandiosidad de la puesta en escena. Hay otra discusión a tener y que es más del tipo socioeconómico y cultural: la película es un homenaje literal a una mujer que se desvive por cuidar y proteger a los hijos de sus patrones. Y si bien uno aprecia ese sacrificio y esa devoción, no puede dejar de ver las claras injusticias sociales que esa misma situación pone de manifiesto. Que en el momento de mayor alegría familiar Cleo se ocupe de ir y venir preparando la comida para sus patrones no deja de ser un tanto irónico y políticamente discutible.

Es cierto que ROMA está contada desde el amor de un niño por su nana y por admirar, casi 50 años después, los sacrificios y esfuerzos que esta mujer hizo para ser la querible empleada, la madre sustituta y hasta una suerte de ángel para esos chicos que pasaban un momento dificilísimo. Y ese punto de vista permite que las contradicciones socioeconómicas sean pasadas por alto. En cierto modo, hasta la grandilocuencia visual puede ser justificada desde esa mirada de un niño (de los cuatro chicos, uno puede suponer que Alfonso es el más pequeño y que más cercana relación con Cleo tiene) para quien el mundo –la calle, las fiestas, las marchas, el centro, el cine, los paseos– es un lugar inmenso e inasible, demasiado grande para ser abarcado por la mirada. Pero el recuerdo es en realidad de ese niño ya adulto y es allí donde uno espera alguna reflexión más sobre lo narrado.

ROMA se va a llevar muchos de los premios a los que aspira (será, salvo sorpresas, la mejor película extranjera del Oscar y muy probablemente sea fuerte candidata en muchas otras categorías) y será difícil poner en duda sus innegables valores artísticos, que los tiene y son muchísimos. Pero esa zona que funciona a mitad de camino entre una puesta en escena del más puro cine de autor (de la tradición europea de los ’60 y ’70) y los recursos narrativos más, si se quiere, hollywodenses hay una lucha interna que no termina de definirse del todo, un poco como sucedía –de otro modo– en películas “extranjeras” del género obra maestra como puede serlo la reciente LA GRANDE BELLEZZA. Es que no siempre más es más. A veces, un rostro en primer plano tiene mucho más que decir que una larga, precisa y coreográfica secuencia que reconstruye el mundo entero. Es que ese rostro, tal vez, sea en ese momento y a lo largo de las horas que dura la película, ese mundo y todo entero.