Ciclo Cine Independiente Estadounidense: crítica de «Quiet City», de Aaron Katz (Mubi)

Ciclo Cine Independiente Estadounidense: crítica de «Quiet City», de Aaron Katz (Mubi)

La película de 2007, acerca de una chica recién llegada de Atlanta que se hace amiga de un desconocido en el subterráneo de Nueva York, integra un ciclo de títulos del cine indie norteamericano que ofrece la plataforma de streaming.

El cine independiente norteamericano ha atravesado distintas etapas y estilos a lo largo de su historia. O, al menos, a lo largo del tiempo desde que se lo viene llamando así. Ha tenido (y sigue teniendo) sus cultores experimentales y más narrativos, pero resulta difícil englobar dentro de una idea cuáles son las características de ese cine. Uno podría encontrar, de todos modos, una línea genealógica que lo comunica con cierto regreso al realismo urbano, cotidiano, el rodaje de «guerrilla», los actores no profesionales, la improvisación de diálogos y otros hábitos que suelen aparecer en las distintas etapas de estos movimientos. Pero hay muchas más diferencias que similitudes entre John Cassavetes, Jim Jarmusch, Richard Linklater y Hal Hartley, por citar solo algunos referentes.

En la primera década del siglo XX creció un pequeño fenómeno que se conoció como mumblecore y que tuvo tantos defensores como críticos. Surgido a principios del año 2000, con directores como Andrew Bujalski, Joe Swanberg y los hermanos Duplass, entre otros, tenía como característica unificadora –además de los elementos citados previamente– una impronta naturalista que a la vez estaba alejada de los que se podrían considerar «grandes temas». Eran películas que trabajaban sobre las relaciones personales, sociales, sexuales y en menor medida económicas, de grupos de veinteañeros suburbanos, en su mayoría de clase media y blancos, lidiando con problemas generacionales pero de características íntimas, a tal punto que sus críticos tendían a acusar a este movimiento de «ombliguista» o, simplemente, criticar la falta de «grandes acontecimientos» o importantes desarrollos narrativos en sus tramas.

QUIET CITY, la segunda película de Aaron Katz, forma parte de ese ciclo –quizás de su segunda etapa– y representa, en buena medida, las fuerzas y las debilidades del estilo. Vistas especialmente desde esta época políticamente álgida y crítica (tanto en los Estados Unidos como en el mundo) es claro que se trata de películas que han decidido no afrontar, al menos no de forma directa, las desigualdades sociales, el racismo y otros problemas estructurales de ese país y de esta específica generación. Pero descartarlas retrospectivamente por lo que la película no es resulta un ejercicio contrafáctico que es poco útil para el análisis. Es, como dicen los periodistas deportivos, analizar los resultados con el diario del lunes.


A lo que QUIET CITY (y otros films de este ciclo) apuntan es a reencontrar al espectador cinematográfico con la sensación de la experiencia compartida. Dicho de otro modo: trasladar las sensaciones y las vidas de esa generación a la pantalla del modo más discreto y realista posible, sin sobrecargar las tintas con elecciones dramáticas importantes o situaciones más propias de un guión estructurado para el consumo masivo. Son películas que funcionan como diario de época y de una generación que, acaso, estaba en esa década atravesando por experiencias similares. Menos preocupada por la alta política o las grandes decisiones y más por entender la propia experiencia y trasladarla con la menor cantidad de procedimientos intermedios posibles.

La película del director de DANCE PARTY, U.S.A. (también disponible en Mubi) se centra en el viaje que hace Jamie (Erin Fisher) de Atlanta a Nueva York a visitar a una amiga. Un poco perdida por la ciudad pide direcciones a Charlie (Cris Lankenau), otro veinteañero que está en una estación del metro, y él la acompaña al lugar de encuentro y decide esperar a que su amiga llegue. Pero no llega. Y a Jamie no le quedan muchas más opciones que pedirle a este desconocido un lugar para pasar la noche. Si bien el punto de partida puede parecer lo suficientemente dramático como para iniciar un thriller o hasta una película de terror, Katz jamás se acerca a esos territorios. Lo que sigue es un repaso de la experiencia de estos dos personajes a lo largo de unas horas en la que van a la casa, visitan amigos, van a una fiesta, viajan por la ciudad y empiezan a conocerse.

Las conversaciones son casi siempre casuales, hasta en apariencia banales, pero dejan entrever la situación que vive cada uno de ellos, el momento en el que la película los encuentra. Y las distintas escenas que se centran en esas charlas (entre ellos o con las personas con las que se encontrarán después) están muchas veces separadas por planos nocturnos de la ciudad, de sus trenes, un escenario urbano un tanto oscuro y solitario que funciona como marco un tanto desolador de este encuentro entre dos personas que están igualmente en transición y a los que la palabra «soledad» no les queda del todo lejana.


En sus films posteriores, Katz empezará a correrse hacia sistemas narrativos más clásicos, a los que siempre les dará algún toque personal, en películas como LAND HO! y, especialmente, en su más reciente, GEMINI, que puede calificarse como un film noir. También QUIET CITY podría considerarse «cine negro» si tomamos esa definición más por el lado del clima que propone que por modelos narrativos específicos. Pero aquí su influencia principal parece ser el cine de Jarmusch, que se conecta con el de Ozu y, a su vez, pares como Swanberg que tiene un pequeño rol en el film. Lo que importa no es hacia donde van los personajes sino el momento a momento de sus experiencias, los pequeños y aparentemente triviales cambios en su relación. Invita al espectador a ser un testigo/acompañante de lo que podría ser el inicio de una relación de amistad o romántica pero, más allá del conflicto que hace disparar el relato, no le propone otros contratiempos serios.

Las actuaciones son de un naturalismo extremo, de tono bajo, haciendo que el espectador se sienta espía de conversaciones ajenas. Y los temas de los que se hablan son por lo general cotidianos, aunque en esos intercambios se dejan ver actitudes personales, diferencias sociales, aspectos de la personalidad de cada uno de ellos. La fiesta que ocupa buena parte de la segunda mitad del relato es un buen ejemplo de cómo funciona el mumblecore a la hora de retratar este tipo de acontecimientos. No hay grandes punteos dramáticos. Sucede lo que sucede en el 90 por ciento de las fiestas. Gente se encuentra con gente. Conversa. A veces baila. Bebe. Vuelve a conversar. Y así, hasta que se va. Por lo bajo, casi sin que los demás se den cuenta, están sucediendo cosas.

Es cierto que, con los trece años que pasaron de entonces a ahora, películas como QUIET CITY pueden sentirse un tanto banales por parecer no estar al tanto de los problemas más complejos que subyacen por debajo de las experiencias de dos veinteañeros de clase media que pueden estar sin trabajo (o trabajar en una cadena de restaurantes) pero que saben, de todos modos, que viven sobre un colchón de esos que hoy se suele denominar como «privilegio». Pero no hay duda que la película de Katz es consciente de eso y que elige centrarse en otros aspectos de la vida de esa generación, primera camada de esos millennials que hoy rondarían los «treintaypico». El camino, seguramente, es el correcto. Para que una generación pueda analizar el mundo desde un lugar justo y criterioso primero tiene que saber donde está parada. Y los personajes de Katz –y de este movimiento– lo irán descubriendo en estas películas.


QUIET CITY forma parte del ciclo «Como un aire de cine independiente estadounidense» que ofrece Mubi. Otras películas de esta lista son las siguientes:





  • Con subtítulos solo en inglés (o sin subtítulos), en orden cronológico:
  • -WE GO WAY BACK, de Lynn Shelton (2006)
  • -DANCE PARTY, U.S.A., de Aaron Katz (2006)
  • -MOMMA’S MAN, de Azazel Jacobs (2008)
  • -THE PLEASURE OF BEING ROBBED, de Josh Safdie (2008)
  • -SILVER BULLETS, de Joe Swanberg (2011)
  • -ART HISTORY, de Joe Swanberg (2011)
  • -THE SHEIK AND I, de Caveh Zahedi (2012)
  • -APE, de Joel Potrykus (2012) foto
  • -SUN DON’T SHINE, de Amy Seimetz (2012)
  • -ALL THE LIGHT IN THE SKY, de Joe Swanberg (2013)
  • -DOWN IN SHADOWLAND, de Tom DiCillo (2014)
  • -FOR THE PLASMA, de Bingham Bryant y Kyle Molzan (2014)
  • -SEX AND BROADCASTING, de Tim Smith (2014) Sin subtítulos
  • -SHE’S LOST CONTROL, de Anja Marquardt (2014)
  • -SOMETHING, ANYTHING, de Paul Harrill (2014)
  • -RADIO MARY, de Gary Walkow (2017) Sin subtítulos
  • -MADELINE’S MADELINE, de Josephine Decker (2018)