
Estrenos online: crítica de «Yiya Murano: Muerte a la hora del té», de Alejandro Hartmann (Netflix)
Yiya Murano envenenó a sus amigas para ocultar sus estafas económicas en la Argentina de fines de los ’70 convirtiéndose en una leyenda oscura de la cultura popular. Ya libre, hizo de los sets de TV su escenario transformándose en un icono pop. Se estrena el 23 de abril en Netflix.
Hay dos o más maneras de enfrentarse al caso y a la figura de Yiya Murano. Una de ellas está ligada a los crímenes que la mujer cometió a fines de los años ’70, cuando asesinó –al menos eso dictó la Justicia, aunque ella siempre lo negó– a tres familiares y amigas a las que le debía dinero administrándole dosis de cianuro. La otra tiene que ver con la fama que la mujer tuvo siendo ya más grande, al salir de su larga estancia en la cárcel, cuando se transformó (o se reconvirtió) en celebridad mediática. El documental de Alejandro Hartmann intenta abarcar ambos aspectos y etapas de esta compleja vida, y el marco cultural que acogió y hasta celebró su accionar.
El film hace un uso extensivo y posiblemente excesivo de las reconstrucciones (el llamado reenactment) para mostrar la primera etapa, combinando escenas actuadas con entrevistas a los sobrevivientes de aquella investigación y los descendientes, tanto de Murano como de sus víctimas. El más importante sin dudas es Martín Murano, su único hijo, quien se hizo famoso por delatarla y no acompañar su declaración de inocencia. Junto a ellos, varios reconocidos periodistas van narrando la saga de un modo que ya es clásico a los true crime de Netflix mientras la historia se va visualizando con actores que –por suerte– dan bastante bien con el tono y la época, por más discutible que pueda ser el recurso cuando se usa de este modo tan dominante en un documental.

El caso de «la envenenadora de Montserrat» es conocido. Tres mujeres mueren con pocas semanas de diferencia en 1979 y se descubre que todas tienen cianuro en la sangre. Todas, además, eran parte de un grupo de amigas de la tal «Yiya» Murano –nombre real María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano–, quien les manejaba algunas inversiones en un formato que se parece mucho a la estafa piramidal. A partir de las sospechas de la hija de la última de estas víctimas (Mema del Giorgio Venturini), la policía va descubriendo no solo las dos muertes previas sino el muy posible motivo: deudas que Yiya tenía con ellas por usar y manejar su dinero de modo discrecional y no devolvérselo.
El caso es explosivo, ocupa todas las tapas de diarios y revistas, de canales de TV y radios, y la mujer, tras unos giros judiciales, es condenada. El film del director de AU3 –y las más recientes y exitosas The Menendez Brothers y de documentales sobre el Caso Cabezas, el de Nahir Galarza y el «crimen de María Marta«– combina el relato del caso con la vida privada un tanto curiosa de la mujer, casada y con un hijo, con varios amantes y una personalidad claramente sociopática. El film no explora su infancia intentando explicar esa narcisista y desaprensiva personalidad, pero se apoya en el testimonio de su hijo quien es bastante claro a la hora de contar lo poco que a Yiya parecía importarle él, su marido y cualquier gesto afectuoso con ambos.
Muerte a la hora del té es mejor en su segunda mitad, cuando se centra en –y reflexiona acerca de– la fama que la mujer consiguió luego de salir de prisión, apareciendo en notas periodísticas, yendo varias veces al programa de Mirtha Legrand en TV, dando entrevistas (quería dinero por ellas) y convirtiéndose en una personalidad pública extrañamente simpática, cuyos crímenes pasaron a ser una curiosidad macabra que generaban más gracia que preocupación. Y si bien se trata de algo habitual en asesinos seriales (difícil ponerla en esa categoría, pero Yiya sería una rara versión de eso), esa fama deja en evidencia un mercado periodístico y de la cultura popular que se apoya de manera un tanto llamativa en este tipo de personajes.

Hartmann da en el blanco en un asunto difícil de resolver, uno que ni siquiera su propia película (ni esta crítica) logra hacerlo del todo bien: el poco espacio y lugar que se les da a sus víctimas (las otras dos se llaman Nilda Gamba y Chicha Formisano), a quien aquí se recuerda y homenajea, aunque con mucho menos desarrollo que el caso de Yiya. Esa lógica de la «explotación» de la figura mediática que corrió para la tele a partir de los años ’90 existe también en el film, que cuestiona pero a la vez perpetúa el mito de la asesina «del té con masitas» mencionando brevemente a quienes mató, algo que a sus familiares –especialmente a la nieta de «Mema»– sigue sin caerle para nada simpático.
Detrás de todo este circo hay un drama familiar entre madre e hijo, un país que parece exigirles a sus habitantes que ganen dinero como sea (malas artes incluidas), un contexto político doloroso, una explotación comercial y un deseo de fama exacerbadísimos, y una historia colorida que ya fue llevada a la ficción varias veces (en teatro, en televisión y también en una serie de ficción que se vio hace unos pocos meses) y que sigue fascinando a las nuevas generaciones y generando material para el análisis y, más que cualquier otra cosa, para el consumo. Es que, en el fondo, de eso se trata.



