Festivales: críticas y reseñas de «Visions du Réel»

Festivales: críticas y reseñas de «Visions du Réel»

Aquí van 15 críticas y breves reseñas de películas que pasaron por las distintas secciones de este prestigioso festival de documentales de Nyon, Suiza.


Uno de los mejores festivales de documentales concebidos en el más amplio de los espectros (híbridos, creativos, con distintos formatos y duraciones), este evento internacional tiene lugar todos los años en Nyon, Suiza. Durante 2021, la pandemia por el coronavirus obligó a una edición que combinó proyecciones virtuales y físicas. La cobertura que sigue aquí incluye películas que pudieron verse online –todas de la competencia oficial internacional– más algunos films de esa y otras secciones que ya habían sido reseñados previamente en el sitio y que se dieron allí. Aquí un repaso que, por cuestiones de tiempo, es un tanto breve de algunas películas vistas «allí».


COMPETENCIA INTERNACIONAL


OSTROV, LOST ISLAND, de Svletana Rodina & Laurent Stoop. En una isla que, como dice el título, está perdida y semi-abandonada frente al Mar Caspio, sobreviven unas pocas familias mediante la pesca, algo que se hacía a modo industrial durante el siglo pasado allí pero que dejó de hacerse y ahora es ilegal. Al morir esa industria el lugar pasó a convertirse en una tierra de nadie –no hay siquiera electricidad–, escenario pronto para alguna adaptación rusa de MAD MAX. El documental relata de modo observacional la vida de Ivan y de su familia, mostrando su convivencia cotidiana y sus problemas para sobrevivir allí.


Una de las cosas que más hacen es mirar la televisión y allí se topan todo el tiempo con discursos o presentaciones de Putin, a quien Iván respeta casi al borde de la adoración por más que quede muy claro que su gobierno se ocupa poco y nada de él. El aparato propagandístico es tan grande y está tan bien controlado que el hombre cree que el presidente lo ayudará y hasta le escribe una carta personal, esperando una inmediata respuesta. Pero el nacionalismo un tanto nostálgico de Iván (que ama las películas de la Segunda Guerra que muestran el heroísmo soviético) se choca de bruces con la realidad que lo circunda. Allá y en todas partes, lo que nos cuenta la televisión tiene poco y nada que ver con lo que vemos a nuestro alrededor.


BELLUM – THE DAEMON OF WAR, de David Herdies & Georg Götmark. El mundo del llamado «complejo industrial militar» se cuenta en este documental desde lo que podrían considerarse sus bases: empresas que venden productos con destino bélico, ex combatientes que recuerdan con nostalgia, pasión y nacionalismo sus andanzas por Oriente medio y, por otro lado, las personas que en pequeños grupos se rebelan ante ese espíritu belicista. Con una voz en off que trata de analizar la guerra desde un lugar ético y, si se quiere, hasta filosófico, lo que este documental hace es seguir a un ingeniero sueco que fabrica drones para uso militar, a un grupo de contratistas y ex combatientes con una relación casi romántica (y claramente peligrosa) con las armas y a una fotógrafa que se dedica a mostrar imágenes de los horrores en Afganistán.

Lo interesante del documental es poder presentar este otro lado de la temática bélica sin necesariamente juzgarlo desde fuera de manera obvia (toda edición es una narración) sino dejando que los propios protagonistas expresen sus controvertidos puntos de vista de manera natural, por más problemáticos que puedan ser. Por momentos es inevitable que se tome cierta distancia –el ingeniero tiene un costado más cerebral y de «investigación», disfrazando su negocio en términos técnicos y su preocupada voz en off parece contradecir su actividad–, pero eso no aleja al espectador de los sucesos. De hecho, la inclusión de la fotógrafa sí es un problema ya que la militante mujer queda un poco fuera de lugar en este mundo de «señores de la guerra». Su arte y su lucha corresponden, en realidad, a otra película.



USERS, de Natalia Almada (Link a crítica)

FAYA DAYI, de Jessica Beshir. Justo ganador del premio a la mejor película en la competencia –está a años luz del resto de lo que vi aquí–, este documental que tuvo su estreno mundial en el Festival de Sundance se centra en una comunidad etíope que comercia y consume «khat», una planta con poderosas propiedades psico-estimulantes que se vende como droga y sus hojas se mastican. En un blanco y negro impactante y sorprendentemente bello, Beshir va retratando a los distintos miembros de esta comunidad poniendo el eje en algunos jóvenes que lidian entre quedarse y dedicarse a ese tipo de negocio o irse de ese lugar en busca de mejores destinos.

El khat es considerado por los musulmanes sufíes como una droga que les permite alcanzar el llamado «merkhana», cierto estado de la mente que los acercaría más a algún tipo de revelación mística. Pero muchos, claro, lo usan de modo recreativo y para escaparse de la dura realidad económica. Nada muy distinto de otras culturas y religiones, solo que aquí se hace de modo abierto y público. Para Mohammed, de 14 años, la sensación es mixta, ya que vive de eso pero también tiene que lidiar con los cambios de ánimo y temperamento que el khat produce en los adultos, especialmente en su padre. Y su sueño es cruzar el Mar Rojo e irse de allí, una empresa para nada sencilla.

Beshir trata de poner al espectador en la misma zona de trance que se podría vivir en un estado «de exploración mística». Con una música que aporta para dar ese clima e imágenes sugerentes que suman a esa ensoñación, la realizadora captura también la mística y física manera en la que los sufíes se entregan a los rituales religiosos, los que empiezan a aparecer casi como una manera natural de lidiar con la combinación entre religión y alucinación. El film puede pecar de ser un tanto largo y «preciosista», pero más allá de esos detalles lo que logra es hacer viajar al espectador a ese lugar y a esa experiencia. No tanto la de haber consumido khat –el cine tiene sus límites–, pero sí la de sentir en el cuerpo la sensación de estar en un lugar que vive atravesado por ese misticismo y esa ambigüedad entre irse o quedarse.


1970, de Tomasz Wolski. Esta original propuesta polaca se organiza en torno a audios de llamadas telefónicas archivadas y recuperadas en las que los ejecutivos del gobierno de ese país se comunicaban entre sí en medio de una tensa situación política que tuvo lugar en 1970. El disparador del conflicto social fue un aumento en los precios de la carne y de otros comestibles en medio de una situación ya de por sí política y económicamente complicada. Ese aumento hizo salir a la gente a las calles y a manifestarse contra el gobierno de una manera cada vez más tensa. Y los políticos de turno no tuvieron mejor idea que salir a reprimir las manifestaciones.

Lo que Wolski obtuvo son los audios de las conversaciones y la manera que encontró para ponerlas en escena fue mediante la animación tipo stop-motion, convirtiendo a cada una de esas figuras reales, de carne y hueso, de la historia política de su país, en muñecos que hablan con las voces de los personajes reales. Si bien la cantidad de personajes por momentos desorienta al espectador (son muchos los que se comunican entre sí) y resulta difícil por momentos saber quien dice qué cosa a quien, de a poco Wolski va creando una inevitable tensión respecto a esta manifestación que se extenderá a varias ciudades del país y que culminará, previsiblemente, de manera violenta.

A las escenas capturadas vía animación en lúgubres salones gubernamentales, el director les agrega algunas imágenes de los noticieros de la época –muy crudas y potentes– que dan cuenta de una manera más clara y directa de las consecuencias concretas de esos diálogos entre los poderosos, que deciden el destino de la gente mientras miran desde alguna ventana de sus oficinas. De algún modo, metafóricamente hablando, la película captura a la perfección la distancia que hay entre esas criaturas plásticas que dan órdenes y las personas reales que las sufren en carne propia.



COURAGE, de Aliaksei Paluyan. Durante la pandemia, en medio de la situación sanitaria más complicada de la historia, en Belarus se vivía otro problema igualmente grave: el presidente/dictador de ese país desde hace un cuarto de siglo, Alexander Lukashenko, manipuló las elecciones y se auto-consagró ganador, generando una inmediata reacción popular que sacó a muchísima gente a la calle, aún en medio de las restricciones existentes. La película de Paluyan –que tuvo su estreno en la Berlinale– sigue a un grupo de personas (Maryna Yakubovich, Pavel Haradnizky y Denis Tarasenka, entre otros) que forman parte de una compañía teatral cuyo trabajo y profesión se ve interrumpido por la pandemia primero y por los problemas políticos después.

Así, lo que iba a ser un documental sobre el trabajo de este grupo de teatro independiente terminó convirtiéndose en un día a día de la tensa situación post-electoral en Belarus, con la cámara de Paluyan acompañando a los manifestantes a las marchas, siguiendo la evolución de la protesta y, a la vez, centrándose en las complicaciones del grupo a la hora de llevar a cabo su trabajo, que a partir del caos pasó a convertirse en un símbolo de esa resistencia al dictador de su país. A mitad de camino entre el análisis y el reportaje –la situación continúa sin resolverse y la pandemia también empeoró allí de entonces a ahora–, COURAGE es un registro casi en vivo de un país en conflicto insertado en una realidad angustiante.


THE MOON REPRESENTS MY HEART, de Juan Martín Hsu. Los pros y los contras, los beneficios y los problemas del documental familiar están presentes en esta nueva película del director de LA SALADA. Se trata de un film en el que el realizador viaja dos veces (en 2012 y 2019) al país natal de su madre, Taiwán, en compañía de su hermano. Es que la madre de ambos se volvió allí en 2002 y no se han vuelto a ver desde entonces. Lo que Hsu hace es seguir con su cámara las peripecias, reuniones, conversaciones, viajes, encuentros y desencuentros que se dieron a lo largo de esos dos viajes, insertando a la vez una trama de ficción que intenta visualizar de modo dramático algunos de los sucesos que se mencionan.

De a poco iremos descubriendo detalles importantes de la familia, uno ligado a los motivos que los llevaron a irse de Taiwán hacia Argentina originalmente y otro ligado al padre del realizador, quien murió en circunstancias policiales complicadas, poco antes del regreso al país de su madre. Las historias irán surgiendo en los diálogos entre una madre que parece un tanto fría y distante con sus dos hijos adultos que lidian con sus propios problemas. Y lo mismo sucederá con otras personas que se van cruzando en el camino. Es un pasado oscuro y violento, pero al realizador le interesa además ver cómo eso se refleja en la actualidad.

Si bien –como muchos ya saben– tengo cada vez más reparos con este tipo de «documentales terapéuticos», creo que Hsu logra por momentos entrar en un tema que escapa al «ombliguismo» que suele resultar(me) cansador en este tipo de propuestas, ya que su historia familiar de migraciones de ida y de vuelta se conecta claramente con la Historia política de Taiwán y de la Argentina. Y el caso policial –que tiene finalmente menos peso del que parece que va a tener en un principio– le otorga también un carácter particularmente intrigante. Algo igualmente curioso y simpático pasa con la decisión de Hsu de musicalizar la película con covers en mandarín de clásicos del rock argentino de Gustavo Cerati, Charly García o Fito Páez.

Lo que no funciona demasiado bien son las escenas de ficción adosadas, que encima hacen que la película termine durando mucho más que lo necesario. Y hay algo ligado al caos y desmadre visual de la propuesta que tampoco convence demasiado, especialmente en algunos momentos. Si bien se agradece la naturalidad y espontaneidad de los registros, por momentos hay cosas que parecen grabadas por un teléfono prendido que alguien se olvidó en algún sillón.

Pese a esos problemas, THE MOON… ofrece dos cosas que muchos documentales de este tipo no tienen: un personaje extraordinario como es la madre del realizador y una historia con un peso específico real que va más allá del «tengo problemas con mi mamá» que suele ser el punto de inicio y cierre de muchas películas de este estilo. Dicho de otro modo: esos problemas están, pero para analizarlos y entenderlos hay también que poder meterse en los oscuros pasadizos de la gran historia del siglo XX.


THE FIRST 54 YEARS, de Avi Mograbi (Link a crítica)

THE BUBBLE, de Valerie Blankebyl. Es toda una curiosidad que, en lo que parece ser un plazo de tan solo un par de años, se hayan hecho dos documentales centrados en el mismo tema y lugar. En el Festival de Sundance 2020 se estrenó SOME KIND OF HEAVEN, un film que se centra, al igual que éste, en la vida dentro del «barrio privado para mayores de edad» más grande que se conoce: «The Villages», ubicado cerca de Orlando, en Florida, Estados Unidos. Con más de  150 mil personas de 65 años o más que se desparraman en los distintos sectores de una verdadera ciudad que es más grande que Manhattan en kilómetros cuadrados (aquí pueden leer detalles de lo que hay allí), se trata de un Disney para adultos mayores que puede parecer, según la mirada de cada espectador, el paraíso o el infierno sobre la tierra.

Aquel documental, estéticamente más cuidado y preciosista, se centraba en las vidas de algunas personas un tanto marginales y raras que viven en ese lugar (ver crítica acá) mientras que THE BUBBLE prefiere analizar el fenómeno en términos más generales: políticos, económicos, urbanísticos y sociales. «The Villages» es una comunidad que se sigue expandiendo salvajemente, comprando y barriendo con todo a su paso, lo que genera algunas antipatías e incomodidades entre los que no quieren abandonar sus casas. A la vez el documental elige mostrar a varias parejas que han elegido pasar las últimas etapas de sus vidas alejados de los problemas del mundo real y, como ellos mismos confiesan, de sus familias.

Si bien la película es claramente crítica con muchas de las cosas que se hacen y suceden allí (una periodista del diario de Orlando explica algunos de esos problemas), a la vez tiene cierto cuidado y amabilidad a la hora de tratar y mostrar a sus habitantes. Teniendo en cuenta algunas de sus características (fundamentalmente, que son blancos y votantes de Donald Trump), uno podría caer fácilmente en la ironía fácil y la burla. Pero Blankebyl no lo hace. Trata de entender qué pasa allí, se conecta con los personajes de uno y otro lado de esa «verja» (el lugar es tan grande que una ruta nacional pasa por el medio) y plantea su propia mirada sobre una de las tantas «cámaras de eco» que se van formando en el mundo occidental. Lo hacían antes de la pandemia y seguramente lo harán mucho más después.


COMPETENCIA BURNING LIGHTS


ESQUIRLAS, de Natalia Garayalde. La combinación entre grabaciones familiares, privadas, con hechos históricos y políticos trascendentes vuelve a aparecer en este documental que se centra en las consecuencias que tuvo, para toda una ciudad pero más específicamente para la familia de la realizadora, la explosión que ocurrió, en 1995, en la Fábrica Militar de Río Tercero. La opera prima de Garayalde comienza de modo ameno, retratando la manera en la que su familia filmaba hechos cotidianos y cómo los chicos «jugaban» a ser periodistas y animadores en eventos familiares y escolares. Hasta que un día se produjo esa serie de explosiones –captadas de una manera muy dramática por la familia, casi como si fuera una película catástrofe, con fuga en auto incluida– y de a poco el panorama empezó a ensombrecerse para volverse cada vez más grave y delicado.

La película está dividida en tres etapas. La primera es la familiar, hasta llegar al atentado. La segunda, si se quiere, es la más informativa, donde a través de videos de la época –de la TV nacional, local y las grabaciones propias– se sigue los pormenores del caso, con todas las sospechas políticas que despertó ligados a la posible conexión con el tráfico de armas con Croacia y Ecuador durante el gobierno de Menem y el caos que sembró en la ciudad, destrozada por el evento. Y en la tercera parte del film lo que se cuentan son las consecuencias a largo plazo de un hecho que sucedió hace 25 años pero ha dejado secuelas (las metafóricas «esquirlas» del título que se suman a las concretas) que ya no aparecen en los medios pero que dañan de manera tan o más profunda que aquellas.

ESQUIRLAS utiliza esa combinación de una manera inteligente, que puede ser íntima y personal pero que siempre está conectada con el contexto que la rodea. La voz en off de la directora es narrativa y reflexiva a la vez, pero gran parte del tiempo las que hablan son las imágenes a veces temblorosas y los audios capturados en el momento. Y, especialmente, el que va cambiando es el tono del film, que pasa de la alegría e inocencia de los primeros momentos (los juegos con la cámara, los actos escolares, las fiestas familiares) a las impensadas secuelas de ese hecho, tratadas con la gravedad que corresponde. Ese terrible hecho pudo haber quedado como una triste anécdota para muchos argentinos, pero para los que viven con sus consecuencias día a día durante años, es una realidad que sigue sin tener un cierre y que acaso nunca lo tenga.

EDNA, de Eryk Rocha. El realizador de CAMPO DO JOGO y CINEMA NOVO regresa al documental en esta pequeña, humana y sensible película que retrata a la mujer que da su nombre al título, una sobreviviente de todo tipo de violencias sociales y personales. En elegante y contrastado blanco y negro, con un registro poético, cuidado y con la voz de Edna casi como un susurro que se cuela entre las imágenes –leyendo muchas veces de un diario personal titulado «A História de Minha Vida»–, el hijo de Glauber Rocha retrata a esta mujer íntegra, que fue perseguida y torturada y que ha logrado salir adelante pese a todas las dificultades que se le han presentado.

Se trata de una película política en lo que respecta a sus temas principales –las violaciones a los derechos humanos, las peleas por las tierras–, pero está organizado no como film de denuncia sino como retrato de una experiencia, siempre priorizando las sensaciones personales antes que cualquier discurso o sentencia. La voz de Edna suena en el off a modo de confesionario mientras se la ve en sus acciones cotidianas, solitarias, enfrentada a la naturaleza y los elementos. Recién sobre el final se sabrá con un poco más de detalle qué le sucedió a la resiliente mujer. La información ayuda a cerrar de un modo más claramente político el círculo poético que el film organiza: una mujer, su lugar en el mundo y una violencia que, como las fuerzas de la naturaleza que la rodean, la sacuden pero que no la quiebran.


SECCION LATITUDES


NO EXISTEN 36 MANERAS DE MOSTRAR COMO UN HOMBRE SE SUBE A UN CABALLO, de Nicolás Zukerfeld (Link a crítica)

JACK’S RIDE, de Susana Nobre (Link a crítica)

NOUS, de Alice Diop (Link a crítica)

LANDSCAPE OF RESISTANCE, de Marta Popivoda (Link a crítica)


ATELIER


PER LUCIO, de Pietro Marcello (Link a crítica)